Un trabajo de Oxfam, el Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre, publicó en estos días datos reveladores: debido a la pandemia, y ahora también a la guerra entre Rusia y Ucrania, cada treinta horas se genera un nuevo billonario en el mundo. Mientras, en el mismo lapso, un millón de personas son lanzadas a la pobreza extrema.

Esta información, tan dolorosa como contundente, desnuda otra realidad: el mundo del capital se mueve haciendo eje en una transferencia fabulosa de renta de abajo hacia arriba. Los ricos acrecientan sus activos desde el bolsillo de las clases medias y los humildes.

La famosa "creación de la riqueza" que pregonan liberales y libertarios, a los que escuchamos cotidianamente en nuestro país, no es más que poner al universo de las finanzas como un supuesto centro virtuoso, dejando de lado el trabajo digno y formal. Es un gran mito, un esquema piramidal que estalla periódicamente porque sus bases son falsas.

Argentina no es una excepción dentro de este escenario internacional. Y lo peor es que cuando los Estados, como por ejemplo el argentino, plantean que esa renta inesperada debe ser gravada para subsanar las otras consecuencias del conflicto, o afrontar el pago de una deuda externa que condiciona el futuro de millones, utilizan todos los instrumentos que tienen para negar esta realidad y desviar el debate.

La inflación acelerada (especialmente en alimentos) que golpea a todos los pueblos de este mundo es la mejor prueba de que las coasas no están funcionando bien y que algo hay que hacer.

Dicen que la acumulación de riqueza no reconoce nacionalidad y que tampoco debemos esperar de ella comprensión o rasgos de humanidad. Pero, además, la famosa "responsabilidad social empresaria" se viene demostrando solo como un eslogan más, que puede funcionar bien para encuentros y congresos pero que no ofrece propuestas reales para erradicar la pobreza o la injusticia social.

Tampoco ofrecen, estos poderosos "empresarios responsables", durante esos largos encuentros de frases hechas sin contenido, alguna medida en favor de detener la inflación que adelgaza cotidianamente los ingresos de los argentinos.

Es que como reza el viejo dicho, "poderoso caballero es Don Dinero" y porque, además, estos empresarios cuentan con el respaldo de una oposición que les multiplicó su poder y privilegios cuando gobernó, ayudándolos a licuar los salarios reales al tiempo que nos endeudaba escandalosamente con el FMI, entregándole a dicho organismo el esfuerzo cotidiano de todo un país.

A su vez, como diputada nacional, me resulta muy triste ver a otros legisladores trabajando para asegurar que la acumulación de riqueza sea cada vez más desigual. O proponiendo que para crear trabajo hay que derribar derechos laborales, calificando a los trabajadores de la economía popular como "vagos privilegiados".

A todos ellos les digo que no nos vamos a quedar con los brazos cruzados. Que Argentina tiene instrumentos para ir logrando una mayor redistribución de la riqueza para empezar a revertir ese mecanismo perverso de seguir sacándosela a los que menos tienen para abultar las billeteras de los privilegiados de siempre.

Llegados a este punto hay que ser claros: por un lado, la deuda interna y la deuda externa la deben pagar los que la contrajeron y, en particular, los que se enriquecieron gracias a ellas. Por el otro, el impuesto a la renta inesperada se va a transformar en una herramienta indispensable a la que el Estado debe recurrir para equilibrar la balanza en favor de los más desfavorecidos en este contexto de guerra y postpandemia.

* Diputada nacional de Somos/Barrios de Pie en el Frente de Todos