“Estamos en manos de políticos ignorantes, que no conocen la Historia ni tienen cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón. Pasan el día escuchando la opinión del contrario y pensando en qué respuesta darle. Así no se construye nada. No hay líderes ni hombres de Estado y así nos va” , decía el fallecido politólogo Giovanni Sartori. Y aunque el italiano murió en 2017, sus palabras se replican en la voz de la mayoría de los votantes de todas las democracias de occidente. El repudio a la condición ética e intelectual de la clase política lo evidencian los resultados de los focus group  todos los consultores de prestigio en la Argentina.

Pero la baja valoración del intelecto de los políticos que sostienen la mayoría de la clase media instruida (es decir, casi el 35% de la población que en la Argentina tiene un título universitario o terciario completo o incompleto) y la visión de que en la política “están los peores” no fue siempre así. Hasta la década de 1990 y en parte de los años 2000, los intelectuales eran importantes para sostener el prestigio de la clase política. De hecho, a partir de 1983 y en la primera década del 2000, a los políticos les importaba parecer eruditos o al menos intentaban simularlo.  Cualquiera que recuerde las feroces críticas y mofas que recibía el ex presidente Carlos Menem por sus desaciertos intelectuales  ("Yo leí todas las obras de Sócrates" afirmaba el riojano, cuando Sócrates no escribió ninguna obra), podrá recordar también lo que se decía de  las incapacidades oratorias del también ex presidente Mauricio Macri o los recientes bloopers historicos y geograficos del actual presidente Alberto Fernández. La lista puede continuar, como las faltas de ortografía de muchos ex presidentes que horrorizaban en la Casa Rosada a muchos funcionarios

Es verdad que en la Grecia de los tiempos clásicos, quizás el modelo primero e idílico de la democracia, se ofrecían al menos tres modelos de intelectuales y acaso también de político.

Como recuerda Umberto Eco, el primer modelo griego de intelectual es el de Ulises que, al menos en la Ilíada, desarrolla funciones de intelectual orgánico según la vieja idea de los partidos de izquierda. Agamenón le pregunta cómo puede conquistar Troya y Ulises inventa la idea del caballo y -siendo como es un intelectual orgánico de su grupo- no se preocupa del final que puedan tener los hijos de Príamo. Después, como tantos intelectuales orgánicos que entran en crisis y se transmutan en gurús o se ponen a trabajar para Mediaset (el grupo mediático de Berlusconi), Ulises se dedica a navegar y a sus propios asuntos.

La segunda figura es la de Platón- sostiene Eco-, que no sólo tiene una idea propia de la función oracular del intelectual, sino que piensa que los filósofos pueden enseñar a gobernar. El experimento que pone en marcha junto al tirano de Siracusa no le sale bien, lo que quiere decir que hay que tener mucho cuidado con los filósofos que proponen modelos concretos de buen gobierno. Si tuviésemos que vivir en la isla de la Utopía tal y como la concibió Tomás Moro o en uno de los falansterios que concibió Fourier, lo pasaríamos peor que un moscovita en los tiempos de Stalin. 

La tercera figura es la de Aristóteles que, como es de sobra conocido, fue el preceptor de un hombre de gobierno como Alejandro. Por lo que sabemos, nunca le dio consejos precisos sobre lo que debía hacer en sus campañas y nunca le dijo si tenía que cortar el nudo gordiano o casarse con Rosana. En cambio, le enseñó, en general, qué es la política, qué es la ética, cómo funciona una tragedia o cuántos estómagos tienen los rumiantes. Pero, aun suponiendo que Alejandro hubiese sacado provecho de estas enseñanzas, podría haber conseguido lo mismo sin que Aristóteles hubiese sido su preceptor. Bastaría con que uno de sus amigos le hubiese aconsejado que leyese bien los libros de Aristóteles.” confirma Eco.

En rigor de verdad, la clase política se parece bastante al argentino medio. Su ignorancia y su “moral flexible” no difiere demasiado de la de los ciudadanos de a pie que en los hechos, aprueban mayoritariamente, bajo el paraguas de la “democracia representativa”, una forma de “democracia delegativa”, que es como llamaba el politólogo argentino Guillermo O`Donnell a los gobiernos democráticamente elegidos (incluso algunos reelectos por votación libre) que se sienten autorizados a gobernar como lo crean conveniente, sin interferencias del poder legislativo, judicial y de los órganos de control.

Un reaccionario francés del siglo XIX, monárquico y antirepublicano, Joseph de Maistre, decía que “Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”. André Malraux, un ex comunista francés que llegó a ser ministro de De Gaulle en los ’50 y ‘60, reversionó la frase a la social democracia y escribió “los pueblos tienen gobiernos que se les parecen”. En 2008, la actual vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner dijo en su discurso ante la asamblea de la ONU en Nueva York que “en América del Sur comienzan a surgir gobiernos donde sus gobernantes se parecen cada vez más a sus pueblos". Es probable que la vicepresidenta tenga razón. Pero si es así,  Sartori habrá olvidado entonces que si los políticos son ignorantes, lo son porque cada vez se parecen más al pueblo que los votó.

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Ernesto Hadida

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