Jorge Luis Borges, nuestro gran poeta, ensayista, escritor y cuentista, considerado como una de las figuras literarias más innovadoras e importantes del S.XX, es recordado por cumplirse un nuevo aniversario de su fallecimiento. A la par de un cáncer hepático diagnosticado, Luis Borges decidió pasar sus últimos días en Ginebra, Suiza, donde la mañana del 14 de junio de 1986, falleció por una complicación de un enfisema pulmonar.

Han pasado 36 años y su figura sigue intacta en el mundo intelectual. Sus restos permanecen en el Cementerio de los Reyes de Plainpalais, resguardado con una lápida de piedra blanca con inscripciones en anglosajón. Me gusta recordar como describió otro gran poeta Argentino, Fernando Lorenzo la desaparicón físca del genial escrigtor:

“Las escorias de Borges descansan en Ginebra; él, que parecía nacido y hecho para la Recoleta, el cementerio patricio ordenado como un patio donde la muerte parece menos brava”. Así lo quiso a sabiendas del país que dejaba, temeroso tal vez de las crónicas y obituarios que su muerte desataría, al estilo sensacionalista y vulgar que él detestaba.

Se llevó su muerte a Suiza, nación desapasionada, moderna, geométrica, pero capaz de producir algunas de las personalidades más candentes de la acción y el pensamiento humano. Nos tenía guardada esta última metáfora, esta saga donde la Parca roba de su tierra a un hombre que la amó y describió hasta el plagio de sí mismo y el delirio.

No estaba preparado el país para esa literatura. Y, si lo estaba, no faltaban, de década en década, los propiciadores de ‘lo nuestro’, ‘el ser nacional’, ‘el perfil argentino’, que de los estrados políticos combatían —sin haberlas leído— todas las formas de expresión que superaban el entorno nacional en busca de lo universal.

Así, mucha gente que ni siquiera conoce el Martín Fierro osó calumniarle de extranjerizante (creyendo, por supuesto, que no ser nacionalista era pecado).

Borges soñaba para los argentinos una mitología que no tenía y que, en consecuencia, era urgente crear a partir de lo más mísero: los cuchilleros, los compadritos, echando mano, aunque fuera, a su inspiración en los grandes maestros de la literatura hiperbórea europea, menos conocidos aquí que los franceses, los italianos, los alemanes.

No tenían acaso nuestros temas el derecho de ser universales. Borges fue siempre un escritor comentado, envidiado y querido en pequeños círculos intelectuales del país, pero fue Europa con sus traducciones la que, lentamente, lo fue descubriendo y lanzando al mundo. Y en la medida que esa Europa lo festejaba y lo premiaba como un raro ejemplar de escritor de estas tierras, el hombre medio argentino que lo desconocía, se iba formando una imagen de él como escritor que hace abjuración de su nacionalidad.

Dueño de una prosa que no es ni criolla, ni española, ni gauchesca, que es sólo borgeana, anticastiza, americana de raíz hispánica pero lo suficientemente nueva como para deslumbrar a los españoles idiomáticos, dueño de una prosa que le nació del contacto con la ‘Luna de enfrente’ , ‘El vino pendenciero’, ‘Fervor de Buenos Aires’, fue reseñando una patria fantástica donde ya todo era posible, hasta la pesadilla de ser argentino, hasta ser agnóstico, hasta tildar de ‘viudo macabro’ a un ex presidente.

Borges estuvo solo en un país demasiado deshecho, en un país ‘que tiene la rara virtud de hundirse interminablemente. Todos los que jamás lo leyeron continúan creyéndolo autor de una literatura de espalda al país y propensa a lo extranjero en detrimento de lo propio. Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que Borges fue el único escritor argentino que supo o pudo “argentinizar” corrientes literarias eternas, cuando los temas fueron foráneos, y universalizar las pequeñas magias nuestras: el tango, el malevo, la orilla, los patios, el Bajo, San Telmo. Y prefirió dedicarle un ensayo, al “poeta menor” Evaristo Carriego, amigo de su padre y visitante de su casa. Lo que molestaba de Borges al lector medio era la diversa entonación, no académica, de sus creaciones y esa falta de imaginación para juzgar su obra cundió en lectores que repitieron la hazaña de considerarlo por poco enemigo de la patria.

Contra eso, tal vez, Borges, que nos dio gloria a raudales y más de una noche de lectura deslumbrante, hurtó su cuerpo muerto hecho para la Recoleta.

Los que nunca respetaron, ni leyeron, ni comprendieron su obra, acepten al menos, esta su última metáfora: elegir para yacer lo más lejano de lo que describió y amó: Ginebra.    

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