En la última distribución del equipo de prensa de la Casa Blanca sobre las actividades realizadas por Jill Biden, los periodistas notaron que faltaba la información habitual sobre la ropa que llevaba puesta la primera dama. Como varios de los profesionales pensaron que se trataba de un error, el jefe de comunicación de la oficina de la primera dama, Michael LaRosa aclaró que no se trataba de ningún error, sino que, en adelante, no se informaría sobre la ropa de Jill Biden.

Menos información de vestimenta sobre la primera dama 

Luego de los comentarios del jefe de comunicaciones, desde el Ala Este, que es la que tradicionalmente ocupa la Primera Dama, tampoco quisieron abundar en los motivos de este cambio, pero es fácil deducir los motivos. 

Además, informaron que en un momento de emergencia sanitaria y económica, se ha decidido que es más prudente no dar ningún protagonismo a los signos externos y desviar, ya se verá si con éxito, la atención a otros asuntos. 

Según indicaron algunos politólogos sobre el asunto, el plan de Biden tendría una similitud con la práctica que viene realizando desde hace años la Reina Letizia, que intenta vestir de la manera más discreta y anodina posible para que su ropa no se convierta en noticia, como señalaba en un artículo la periodista Mariángel Alcázar de La Vanguardia.

La vestimenta de las mujeres en la política de Estados Unidos 

El día que más resonó la vestimenta de las mujeres de Estados Unidos transcurrió a menos de dos días después de que Washington avistase otro tipo de estilismos. En aquel entonces se habló de que Hillary Clinton y Kamala Harris (y la propia Jill Biden, el día anterior) vistieron de púrpura, el color que se obtiene cuando se mezcla el rojo (republicano) y el azul (demócrata),  como intento de promover la concordia entre partidos.

Además de dar a conocer las opiniones sobre los colores y el largo o no del vestido, se alistaron las marcas y diseñadores que vistieron algunas de las protagonistas: Harris recurrió a los afroamericanos Kerby-Jean Raymond, de Pyer Moss, y Christopher John Rogers y Biden a dos mujeres, Alexandra O’Neill, de Markarian, y Gabriela Hearst.

Además, se volvió a hablar del significado de las perlas de la vicepresidenta, un guiño a su sororidad, Alpha Kappa Alpha, cuyas fundadoras afroamericanas eran conocidas como las “veinte perlas” y de los bordados del vestido que se puso Jill Biden para ver los fuegos artificiales por la noche, representando las flores autóctonas de cada estado.

Jill Biden lo hubiera tenido relativamente fácil para seguir en esa línea, pero de momento ha decidido apearse de la idea de lanzar mensajes con su ropa, y prefiere intentar que no se hable de lo que lleva puesto. Que no vayan a comunicar explícitamente que lleva la Primera Dama no quiere decir que cada zapato y cada chaqueta no vaya a pasar por un proceso de veto. 

Lo más probable es que su equipo siga vigilando que casi todo lo que se pone sea de procedencia estadounidense, que estén representados las mujeres y las minorías, que no haya ninguna pieza escandalosamente cara –como la famosa chaqueta de 50.000 euros de Dolce&Gabbana que Melania Trump llevó en Italia– ni culturalmente insensible. Tampoco parece que Biden vaya a vestirse de dama de las colonias para visitar Kenia, como hizo la anterior Primera Dama en 2018.