La niñez es un ciclo de la vida muy prolongado e intenso del homo sapiens. Durante esta etapa de la vida se producen cambios muy intensos del cuerpo y especialmente del sistema nervioso. En ese período se requiere la observación de múltiples caras y sonidos, caricias fraternales, aprendizajes y proteínas, entre muchos estímulos ambientales necesarios.

Es, entonces, un momento clave en el desarrollo de nuestro sistema nervioso, ya que no es novedad que durante los tiempos de infancia existen diferentes procesos que se modifican muy rápidamente, en los cuales pueden generarse tanto influencias negativas como positivas. Así, existen muchas circunstancias sociales y sensoriales que influyen sobre el cerebro.

Es conocido el caso de los niños que nacen con una dificultad visual en sus ojos y que no maduran correctamente la corteza de la visión al no recibir el estímulo lumínico. Luego, al mejorar el sistema ocular (por ejemplo, cataratas congénitas), el niño igualmente no puede ver, a pesar de haber corregido su afección ocular. Es decir, existe un "período crítico" en donde debe incorporarse esta función al cerebro.

Tanto en la niñez como en la adolescencia existen períodos críticos en los cuales podríamos decir que "el tren está en la estación". Y que es el momento de educar  procesos específicos.

También en el sistema motor se conocen neuronas que solo pueden aprender, al ciento por ciento, en la niñez. Es decir, ciertos actos motores complejos solo se pueden incorporar, con su máxima capacidad, en la niñez temprana.

Aprender lenguajes

Con el lenguaje sucede algo similar, los primeros meses de vida son los más sensibles para aprender diferentes fonemas. En el segundo semestre de vida, el cerebro es una esponja para diferentes sonidos, que si no se aprenden en ese momento no se genera un lenguaje con fluidez y comprensión. Existe, entonces, un momento de máxima capacidad para comprender las expresiones idiomáticas y las metáforas complejas.

Tanto en la niñez como en la adolescencia existen períodos críticos en los cuales podríamos decir que "el tren está en la estación". Y que es el momento de educar estos procesos específicos.

El cerebro recibe la información sensorial, consciente o inconsciente, modificando la conformación celular y las redes de nuestro cerebro. En ese momento, algunas neuronas responden y otras no, generándose nuevas conexiones (sinapsis), especialmente cuando se activan células al unísono ante el mismo estímulo. Así sobreviven algunas neuronas y sus circuitos pero otras no. Luego, ese momento crítico se cierra en la mayoría de nuestra corteza y la información no produce tanto impacto en el sistema nervioso.

En estos conceptos se apoya la plasticidad neuronal, que es un mecanismo muy complejo que además de nuevas conexiones implica que muchas células, que no son estimuladas, no generen comunicaciones nuevas, o que incluso mueran, pues nacemos con más neuronas que las que tenemos en la adultez, pero hay menos comunicaciones entre ellas. Las que quedan y sus sinapsis influirán decisivamente en quiénes somos y en qué capacidades desarrollamos.

Más neuronas, pero menos conectadas 

Entonces, el cerebro tiene más neuronas durante la niñez, pero están menos conectadas. Además, existe mucha más anarquía funcional. Un grupo de Harvard liderado por Takao Hensch descubrió que este sistema manejado es controlado a través de neurotransmisores inhibitorios (GABA) que auditan cuáles neuronas se activan y cuáles no. Sin este manejo, la llegada de la información al cerebro sería anárquica. Es un sistema que controla a las neuronas, habilitando que terminen los períodos críticos para recibir información con alta potencialidad, pues de esa manera no podríamos incorporar estímulos permanentemente.

Aunque existen zonas de cortezas de asociación para funciones intelectuales que se mantienen activas toda la vida, éstas son investigadas porque pueden ser más sensibles a procesos de muerte celular acelerados, dado que presentan mucho consumo de energía al tener tanta actividad. Por otro lado, resultaría interesante reactivar lugares cerebrales que ya clausuraron su capacidad para recibir información y así poder generar procesos en pacientes con lesiones o en trastornos madurativos.

Estos nuevos conocimientos neurológicos que podrían recuperar períodos críticos de la infancia generan importantes expectativas, ya que sustentan la potencialidad de intervenir en la recuperación de enfermedades que presenten alteraciones de la neuroplasticidad o del neurodesarrollo.

La carencia de estímulos, sociales, alimentarios o filiales en esta etapa se pagan durante el resto de la vida. La reducción de contactos psicosociales y el aumento de la pobreza recesiva y distributiva como consecuencia de la pandemia debe alertarnos para actuar consecuentemente.

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Ignacio Brusco

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