"Mi obsesión por los distintos modos del poder es más que literaria, es casi antropológica"

Gabriel García Marquez

Existen varias hipótesis sobre cómo y por qué el homo sapiens (es decir, nosotros) desarrolló la capacidad de distribuirse a lo largo del mundo y, posteriormente, dominarlo. Se conoce que la especie humana se originó en África hace aproximadamente 200.000 años y que realizó varios intentos de salir de ese continente hasta que pudo lograrlo.

Migró finalmente hace 75.000 años hacia el continente euroasiático y esta migración no solo la realizó el homo sapiens sino que también el homo erectus (tronco común) había podido consumarla miles de años antes, transformándose luego en neardental, que es euroasiático.

La capacidad de caminar largas distancias, la capacidad relacionada con la bipedestación y con la disminución del pelo corporal fueron sustanciales para este gran desplazamiento, así como también la aparición de glándulas sudoríparas que permiten dispersar el calor corporal.

Los animales veloces tienen pelos y sudan poco, lo que les permite alcanzar altas velocidades pero durante poco tiempo. Esto ayudó al humano primitivo a cazar, persiguiendo a la presa por cansancio a través de largos trayectos.

Pero, ¿qué tenía en el cerebro el homo sapiens que le permitió migrar, competir con todos los seres vivos existentes, dominarlos y muchas veces extinguirlos?

Por otro lado, esta lucha no fue solo con animales primitivos, que eran muy inferiores intelectualmente, sino también con los otros "homos": los neandertales y los denisovanos.

Es decir, compitieron con sus primos hermanos que se habían conformado previamente y descendían de un ancestro en común (homo erectus), pero que, a diferencia del hombre, comenzaron su existencia fuera de África a partir de la migración del tronco evolutivo originario.

Estos humanos no sapiens presentaban un gran desarrollo cerebral y manejo de instrumentos, armas y lenguaje primitivo, así como también de rituales funerarios y religiosos. Es decir, tenían una cultura asentada. Pero al establecerse el homo sapiens se habría entablado una lucha muy fina por la supervivencia con estos humanos desarrollados pero no sapiens.

Curtis Marean, de la Universidad Estatal de Arizona, sostiene que fueron claves dos funciones para superar al resto de las especies: la capacidad genética de sociabilidad (cooperar con grupos parecidos) y la creación del proyectil a distancia. Marean señala la hipótesis de que la calidad de intercambio con nuevos homos sapiens y asociarse con objetivos logrables generaron nuevas relaciones.

Así se habría podido establecer una gran difusión de lo aprendido, a través del proceso de ensayo y error, así como también la enseñanza de nuevas estrategias para lograr sobrevivir frente a otras especies.

Estos aprendizajes fueron importantes para sobrevivir, defenderse y atacar a otros grupos. Parecería que los neandertales podrían no haber desarrollado esta capacidad (dificultando su supervivencia) y sucumbido al sapiens, lo cual no evitó que se cruzara con nosotros (tenemos material genético de neandertal en nuestro ADN).

La capacidad social, entonces, implicó nuevas funciones intelectuales, como la cognición social (capacidad para sentir lo que el otro), que implica la abstracción social y el reconocimiento de amigos y enemigos. Todas funciones de nuestra corteza cerebral más recientes, como la prefrontal y la parietal superior.

Dentro de este desarrollo se plantea como hipótesis la praxis constructiva de crear armas con proyectiles a distancia. Esto habría generado una mayor habilidad y protección con respecto a otros humanos no sapiens que solo tenía lanzas, quedando en contacto directo con la presa y padeciendo gran riesgo (los fósiles de los neandertales tienen generalmente muchas lesiones secuelares de animales).

Bipedestación, lenguaje, sudor, sociabilidad y armas a distancia parecen haber sido parte del combo conquistador con en el que se consolidó nuestra especie. Hoy hemos desarrollado más aún estas funciones, aunque esperemos no demasiado, ya que muchas veces han servido más para la extinción del resto de las especies que para la salvación del mundo.

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