El temor a reconocer carencias, daños y vulnerabilidades puede mantenernos estancados en el dolor y en la insatisfacción. Pasa en la salud del cuerpo, pasa en nuestra salud interior: hacemos oídos sordos a las necesidades de nuestro ser y nos convencemos de que no nos sucede nada porque el miedo a tocar la herida es demasiado grande.

En mayor o menor grado, la mayoría de nosotros arrastramos historias, dolores pasados y emociones no resueltas, pero hacemos todo lo posible por esconder debajo de mil alfombras esa realidad. Así, es fácil que continuemos con nuestra vida disfrazando o disimulando esas heridas internas; sin mirarlas, aunque no desaparezcan. 

No es sencillo mirar nuestra propia sombra, reconocer nuestros defectos o carencias, aceptar que fuimos heridos y sentirnos vulnerables. No es apetecible, en primera instancia, recordar ciertas situaciones, hacernos preguntas, sumergirnos en nuestras profundidades y hacernos responsables. Sin embargo, con frecuencia, cuanto más nos resistimos, más necesitamos hacer este trabajo de introspección. 

Los seres humanos tenemos una gran capacidad de adaptación, es cierto. Podemos enfrentar eventos estresantes, negativos y dolorosos y ser capaces de levantarnos y seguir adelante. Al contrario de lo que solemos pensar, las heridas no sólo las producen acontecimientos extraordinarios. Una actitud paterna durante la infancia, el rechazo de algunos compañeros o la traición de un amigo es suficiente. Un despido que nos hizo sentir inútiles, una ruptura que nos hizo sentir fracasados, una discusión que se quedó grabada…

Tenemos arrebatos de ira de los que luego nos arrepentimos y que afectan a la relación con nuestros hijos, con nuestra pareja o con nuestro entorno. Tendemos a sentirnos tristes y desesperanzados, o ansiosos e irritados, sin saber muy bien por qué. Solemos depender de las personas cercanas; sus actos, palabras y actitudes condicionan nuestro estado de ánimo y nuestra felicidad. O, por el contrario, somos excesivamente independientes y nos cuesta bajar la guardia e implicarnos emocionalmente. Suena duro, pero la mayoría de nosotros tenemos, en nuestra piel emocional, heridas que necesitan ser aceptadas y sanadas. 

A veces, el peso de vivencias adversas cristaliza en nuestro interior en forma de "nudos" emocionales". Son estados que bloquean nuestro bienestar y potencial humano. Nos suele costar bastante manejarnos en este universo psicológico. Muchas veces, optamos por reprimir o evitar toda emoción sentida y más si tiene una valencia negativa: decepciones, miedos, tristezas y angustias.

La sanación emocional es un proceso terapéutico que nos permite aceptar, comprender y autorregular una serie de vivencias dolorosas o traumáticas. Es un viaje lleno de retos y dificultades. Encontraremos barricadas y mecanismos de defensa que uno construye para protegerse a largo plazo, y que se instalan en la mente durante años. La sanación emocional requiere dejar de juzgarnos por cada emoción sentida, dejar de culpabilizarnos o estar enfadados con todos y todo.

Es importante añadir la voluntad auténtica y desinteresada por brindar apoyo y cercanía. En la actualidad, ser generosos emocionalmente es un acto casi revolucionario. Si alguien está preocupado no va a querer escuchar frases como “es que eres un exagerado, es que tú te preocupas por nada o si hubieras hecho esto no te habría pasado aquello”. No se trata de juzgar ni infantilizar. Es saber estar para ofrecer a la persona lo que necesite. Ser calma en un mundo caótico o aparentemente peligroso. Mirar las cosas con esperanza y no con catastrofismo… Transmitir serenidad, optimismo, resiliencia.

Cuenta una antigua leyenda que en los bosques del norte vivía un lobo herido. Un lugar frío, oscuro e inhóspito para vivir. Cada noche, y sólo en la noche, la presencia del lobo se hacía incuestionable; se escuchaban sus tristes y tenebrosos aullidos. 

Una mañana llegó al pueblo un viajero. Todos lo vieron y escucharon las historias de sus viajes. Una noche se escucharon los tenebrosos aullidos del lobo. -¿Qué es ese sonido? dijo el viajero.

Los habitantes del pueblo contaron la historia del lobo que de día se escondía y de noche aullaba. El viajero enseguida se sintió intrigado y quiso, a pesar del peligro, adentrarse en los bosques del norte para ver a aquella criatura tan especial. 

Cada noche se escuchaban los aullidos del lobo. Un par de noches fueron más tenebrosos y luego dejaron de escucharse. Nadie se involucró pero todos temían lo peor. Sin embargo el viajero apareció acompañado del lobo que terminó siendo una criatura inofensiva.

El viajero les contó: -El lobo no era un lobo malo, simplemente era un lobo herido. Por las mañanas se escondía por temor a sufrir nuevas heridas. A la noche el dolor se hacía más intenso y el lobo no podía reprimir sus aullidos de dolor. Estaba solo. Yo curé lentamente sus heridas. Poco a poco el lobo se fue sintiendo mejor y pudo dejar atrás los oscuros bosques del norte. 

Y nosotros, quiénes somos? El lobo, el viajero o el pueblo?

Más notas de

Lic. Aldo Godino

Despertemos nuestras fortalezas psicológicas

Despertemos nuestras fortalezas psicológicas

El Edadismo: la discriminación de la edad

El Edadismo: la discriminación de la edad

Amor propio, para empezar a quererse

Amor propio, para empezar a quererse

El arte de saber aprovechar las oportunidades

El arte de saber aprovechar las oportunidades

Muchas personas dejan huella, no cicatrices

Muchas personas dejan huella, no cicatrices

La mentira siempre necesita complicidad

La mentira siempre necesita complicidad

Pequeños cambios, grandes transformaciones

Pequeños cambios, grandes transformaciones

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

Elogio a la fragilidad

Elogio a la fragilidad

Hay personas que no valen la pena sino la alegría

Hay personas que no valen la pena sino la alegría