La inercia inflacionaria con la que vivimos desde hace años lleva a analistas y a políticos a proponer potenciales soluciones. En este contexto, es necesario hablar de dos propuestas que últimamente recorren los medios y las redes sociales: la dolarización y el establecimiento de una moneda común.

La primera de las medidas implica formalizar y legalizar el uso del billete verde para todas las operaciones. Si bien es extremista, o radical, suele surgir como posible solución ante escenarios de gran volatilidad macroeconómica, acompañada de cierta debilidad institucional, lo cual genera dudas acerca de la capacidad de un gobierno de encauzar la economía. Tal como sucedió en Ecuador, en el 2000, cuando la inflación rondaba el 91%.

Algunas de las ventajas que se esgrimen sobre esta medida tienen que ver con la reducción de la inflación, un aumento de confianza al imposibilitar al Banco Central a emitir para financiar al gobierno y la reducción del riesgo cambiario, entre otras. No obstante, la dolarización implica el cese de la política monetaria de un país, quedando solamente la fiscal como herramienta para activar la economía en recesión o viceversa.

Dependencia de EE.UU.

¿Qué implicancia tiene esto? En primer lugar, un país que tiene al dólar como moneda oficial depende de la política monetaria de EE.UU., y por ende de sus ciclos económicos. Esto se debe a que la economía de los países oscila alrededor de una tendencia, entre auges y recesiones. En cada uno de esos estadios, el Banco Central tiene un set de herramientas que utiliza (o debería utilizar) de manera contracíclica; es decir, impulsar la economía ante una recesión y morigerarla ante una expansión.

Entonces, si un país dolarizado requiere un incremento de base monetaria, por cualquier motivo, debe contar con la suerte de que EE.UU. tenga la misma necesidad.

En segundo lugar, el tipo de cambio funciona como un amortiguador de los precios externos. El Banco Central tiene la capacidad de modificarlo en pos de mantener cierta competitividad y balance en las cuentas externas. Esa posibilidad queda anulada con una dolarización.

Es por ello que el país que adoptó esta moneda solo cuenta con su política fiscal para poder hacer frente a una situación adversa, ya sea a través del Presupuesto, los impuestos, los gastos, la inversión pública o los subsidios.

En otro orden, esta medida tiene costos muy altos desde el punto de vista social. Volviendo al ejemplo de Ecuador, la adaptación al nuevo esquema monetario devino en un cambio de los precios relativos internos que privó a muchos ecuatorianos del consumo de algunos bienes y servicios. Por caso, durante el primer año de implementación, el costo de la canasta básica se había ubicado en los USD253 mientras que el salario promedio rondaba los USD163.

El déficit de la balanza comercial

La dolarización también ha implicado el abaratamiento relativo de los bienes importados. Lo cual tiene dos efectos: un creciente déficit en la balanza comercial y una menor producción nacional. Un combo difícil de sostener en el tiempo, más aún si se le suman los compromisos financieros internacionales.

Otro de los ejemplos que tenemos en América latina es el de El Salvador. Las causas de la dolarización son distintas, ya que este esquema se adoptó debido a que era una condición para establecer un tratado de libre comercio con EE.UU., pero algunas consecuencias son similares. Hoy, El Salvador vive de las remesas que llegan de los migrantes, que se fueron justamente por el deterioro en las condiciones sociales que incurrió su país luego de la dolarización.

Otra de las ideas que (re)surgió es la del establecimiento de una moneda común. El problema de la zona común monetaria es que se trata del nivel más alto en la jerarquía de acuerdos entre países; es decir, se establece una vez acordadas otras aristas de las relaciones comerciales.

La primera de ellas es un acuerdo de comercio preferencial, que se da cuando dos o más Estados reducen los aranceles a la importación de los bienes provenientes de los países miembros.

La segunda de ellas es un área de libre comercio; es decir, una zona sin aranceles.

La tercera es la unión aduanera, que es cuando los países miembros establecen una misma tarifa para todos aquellos bienes que provengan del exterior. Luego está el mercado común, en donde a lo anterior se le suma la libre movilidad de capitales y de mano de obra. Por último, en un nivel de integración mayor, se encuentra la unión económica y la monetaria, que son el establecimiento de políticas macroeconómicas y de una moneda en común, respectivamente.

Ahora bien, alcanzar ese nivel requiere ciertas condiciones para que pueda ser “exitoso”. Una de ellas es que los ciclos económicos de los países que intervienen en dicha unión se muevan en sintonía sino los efectos podrían ser los mismos de la dolarización, en donde un país queda relegado a las necesidades económicas del otro. Tal como sucede en la eurozona, en donde la política monetaria es la misma para todos pero no todos requieren la misma política.

* Magíster en Economía

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