"Al lado de su propia persona, y de sus propios intereses, nada es sagrado para el psicópata"

Erik Larson

(El diablo en la ciudad blanca, 2003)

Es muy común escuchar a diario sobre personas violentas que comenten delitos agresivos y múltiples contra las personas sin inmutarse. Incluso, por el contrario, parecerían disfrutarlo. Muchas de estas personas pueden presentar lo que internacionalmente se enmarca en un trastorno de la personalidad: la psicopatía antisocial.

Este tipo de personalidad constituye no solo una problemática de salud mental sino también una grave situación social y es una característica representativa en más del 50% de las personas que cometen crímenes graves.

Los investigadores Delroy Paulhus y Kevin Williams, de la Universidad de Columbia, incorporan el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía antisocial como rasgos oscuros que caracterizan a estos personajes. Presentan muy poca empatía intersubjetiva y con grandes riesgos para la sociedad: desde altos conflictos hasta la posibilidad de cometer crímenes con un claro componente antisocial. El narcisista presenta una fuerte sobrevaloración, frustración ante las críticas y siempre trata de agradar, pero sin importarle el otro. El maquiavelismo es la manipulación de los otros para el beneficio propio y la psicopatía aracteriza a la conducta antisocial, amoral e impulsiva, sin interés por los demás y con ausencia de remordimiento. Se conoce, además, que estos rasgos (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía) son más o menos intercambiables.

Ante un trastorno de personalidad, el individuo se caracteriza por sentir mayor emoción ante una injuria propia que como cuando le sucede a los otros. Es decir, sería lo inverso al imperativo categórico kantiano, en el que se propone emocionar una situación individual y luego generalizarla. En este caso se cumplirían las reglas para todos los sujetos menos para él o para sus allegados, midiéndose a sí mismo con una vara más endeble y autocompasiva.

Esto trae aparejado consecuencias sociales y el aumento de una conducta antiética delictiva, además de un incremento de la violencia y de la impulsividad.

Dos preguntas se plantean ante la evaluación de la personalidad. Una de ellas es cuándo considerar a un individuo con su personalidad totalmente desarrollada, con la consecuente conciencia de realidad. La otra pregunta es si la psicopatía es una enfermedad psíquica y si puede la persona discernir sus actos.

Con respecto a esta última duda: la literatura científica explica, que en general, en los trastornos psicopáticos, la persona tiene su juicio de realidad conservada pero con una conducta desviada. Es decir, no le importa lo que le pasa al otro pero sabe que le ocasiona daño.

Es conocido el trabajo de Michael Koenigs, de la Universidad de Wisconsin, donde se midió la respuesta cerebral en neuroimágenes de la población carcelaria con trastornos psicopáticos, mostrando una desconexión entre las áreas cerebrales de la emoción (amígdala) y las áreas prefrontales (prefrontalventromedial) de la toma de conciencia social, empatía y culpa.

Esto justificaría por qué en los psicópatas existe una desconexión funcional entre la emocional y la empatía social. Además se conocen trabajos en los que áreas cerebrales de la emoción de estos pacientes se prenden cuando sufren el riesgo de una agresión,pero no sucede lo mismo cuando otras personas son las agredidas. Así, el psicópata prioriza la necesidad de recompensas de sus necesidades sin pensar en el resto de la comunidad.

La respuesta a la pregunta sobre cuándo los menores maduran su psiquismo: es que se sabe que el desarrollo de la corteza prefrontal muestra una considerable capacidad de abstracción a partir de los 18 años, momento en el cual se encuentra mielinizada aproximadamente el 80% de la corteza frontal. Maduran, así, las premisas culturales y sociales (como la toma de decisiones y la conciencia de los actos).

Aunque el lóbulo prefrontal no termina de madurar hasta los 30 años, se considera que a los 18 años ya se contienen los puntos claves para entender la funciones cognitivas y presentar una cognición social adecuada.

Los primeros años de vida son esenciales para la conformación de la personalidad del adulto, pues el cerebro es una esponja y aprende los valores sociales, el lenguaje, lo ético y lo estético.

Consecuentemente, no se considera que pueda establecerse una patología de la personalidad antes de esa edad; es decir, pone en tela de juicio que un menor de esa edad pueda ser condenado penalmente, ya que no presenta todavía conformada la estructura de su cerebro.

Aunque esta posición es arbitraria desde el acuerdo científico, tiene un claro sustento neurobiólogo, reconocido por la neurociencia y por salud mental mundial.

Los adolescentes cuentan con muchas más plasticidades neuronales y con más recursos neurológicos y biológicos que las personas adultas. Por ello, juntarlos con la población carcelaria adulta sería un grave error.

Los trastornos de la personalidad antisocial afectan la cognición social. La capacidad para entenderlo qué le pasa a los otros (cognición social) sería algo especular a la metacognición (que es la capacidad de entendernos a nosotros mismos). Entender cognitivamente al otro es, quizás, la base psicológica de la implementación de los imperativos categóricos kantianos.

La capacidad de emocionarse en forma intersubjetiva implica, en gran medida, la funcionalidad celular de las famosas neuronas en espejo, descriptas por el científico italiano Giacomo Rizzolati en 1996, y que son las que se prenden cuando la otra persona realiza o siente una actividad, sin que se practique actividad alguna, siendo la base de la empatía entre las sujetos. En los trastornos de la personalidad es que, probablemente, se encuentra una falla en este proceso cerebral.

Jean Decety, de la Universidad de Chicago, observó a través de imágenes por resonancia magnética funcional de cerebro la incomunicación entre la corteza cerebral fronto-ventral (que abstrae y piensa) y la amígdala subcortical, que se encarga de las emociones. Esto dificulta sentir y percibir lo que le pasa al otro y por eso estas personas sienten menos los percances que le ocurren a otros.

En los adolescentes se generan procesos de desequilibrio conductual provocado por la explosión hormonal que soportan, con la que se desarrollan mucho antes los sectores emocionales del cerebro que los sectores corticales inhibitorio, haciendo comparable esta conducta desinhibida con un trastorno de personalidad, pero sin serlo.

Los niños deben recibir los estímulos sociales y culturales adecuados para su edad. Los primeros años de vida son esenciales para la conformación de la personalidad del adulto, pues el cerebro es una esponja y aprende los valores sociales, el lenguaje, lo ético y lo estético.

Si el encéfalo no recibe los estímulos adecuados, pero además se alimenta mal y encima se expone al consumo de sustancias tóxicas, su personalidad se verá afectada. Aunque no por ello deja de conservar su gran capacidad resiliente hasta los 18 años.

Los niños no tienen conformada su personalidad hasta terminada la adolescencia. Mantienen su capacidad de recuperación, que además de ser muy evidente; es su derecho.

La personalidad es un conjunto de factores que constituyen quienes somos, pero en la adultez. No confundir esta premisa es la clave para no generar prejuzgamientos, conductas terapéuticas y sociales inadecuadas.

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