El reconocimiento instintivo de la cara bonita de un bebé u incluso de otro mamífero pequeño genera la posibilidad rápida de cuidar a las crías, lo cual pareciera ser un mecanismo instintivo primitivo. El afecto especial consecuente hacia las crías resulta entonces esencial para su cuidado, su protección y su alimentación. Probablemente, este instinto esté imbricado con una función primaria, que es la del reconocimiento (mayormente inconsciente) de las caras conocidas.

Es posible, así, que la aparición de ciertos cánones subjetivos de lo bello esté atravesado por instintos primitivos de percepción de caras que sostiene ciertas asociaciones con lo adorable. Patrones redondeados, cabezas grandes, ojos grandes, consistencias suaves y blandas son características que algunos etólogos relacionan con lo bello.

En un trabajo de investigación realizado por la psiquiatra Morten Kringelbach describió un mayor componente de emociones de recompensa a través de resonancia cerebral, mostrando preferencia atencional y activación orbitofrontal en las personas que veían fotos de bebés humanos. Una reacción que se generaba en forma muy rápida, en solo 140 milisegundos, como respuesta cerebral ante la imágenes fotográficas de bebés.

El reconocimiento de las caras es muy importante para las relaciones sociales, tanto para establecer empatía como para tomar conductas preventivas. Por ejemplo, quién es la persona con la que nos relacionamos y cómo intuir lo que pueda llegar a hacer. Es decir, sirve para evaluar un evento interpersonal como bueno o malo, con cierto prejuzgamiento probabilístico. Esta función puede considerarse como un procedimiento evolutivo sustancial que facilita la convertirnos en gregarios.

¿Cómo es el proceso de reconocimiento?

En animales inferiores, como las aves, también se pudo observar el proceso de reconocimiento. Por ejemplo, las primeras facciones observadas son con las que el animal establece la mayor empatía. Además, las aves pueden diferenciar los objetos de las caras y, dentro de estas últimas, discriminar entre conocidas y desconocidas. Priorizan, también, el contacto con los objetos a los que son expuestos al nacer, estableciendo un mayor apego con ellos, que son con los que el animal ha tomado un primer contacto.

Incluso se demostró que algunos mamíferos desarrollados, como los perros, pueden diferenciar especies, permitiéndoles discriminar reptiles de otros animales y hasta de los humanos.

Muchos animales domésticos, como los perros, los gatos y algunas aves, desarrollaron esa capacidad de comunicarse visual y empáticamente con sus dueños, aunque con una funcionalidad más precaria pero, sin embargo, muy llamativa.

Varios grupos de científicos describieron la importancia del formato del rostro para ser reconocido como tal. El esquema triangular, con dos ojos y una nariz cercana parece ser el estímulo más útil para que se active el sector cortical de reconocimiento de las caras.

La información visual

Nuevos estudios no solo confirman esta situación sino que también demuestran una organización de la información visual en el arribo a la corteza visual y cómo, en especial, la información visual de las caras utiliza un sistema específico.

La sensorialidad facial cumple con un propósito organizador similar que economiza y facilita la función cerebral de reconocer rostros. Por ejemplo, el reconocimiento de los ojos se encuentra cerca de la nariz y esta ultima de la boca en la corteza cerebral.

La corteza visual es una estructura muy desarrollada en el humano, haciendo a este sentido esencial que transforma al hombre en una especie macro óptica, en donde la visión cobra la mayor importancia, a diferencia de los mamíferos inferiores, en donde se prioriza el olfato.

Actualmente se localizaron zonas más específicas aún. Especialmente para la visión, estructurando una función para reconocer rostros, con cortezas cerebrales dedicadas a esto. Esta función lleva el nombre de faciotopía, que se expresa en el viaje estructurado de las caras dentro del sistema nervioso.

Hace poco tiempo también se descubrió que existen en el cerebro neuronas especiales para cada cara y así nació el concepto de "neurona Jennifer Aniston", una célula nerviosa que al estimularse hacia reconocer la cara de esa actriz. Estas fueron descriptas por el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga.

Este proceso parece ser esencial para diferenciar entre caras conocidas y desconocidas, lo que probablemente haya ayudado a la evolución con una conducta inconsciente preventiva.

En este sentido, el trabajo del neurocientífico Joseph Ledoux, de la Universidad de New York, es pionero, mostrando cómo la amígdala cerebral emociona en forma inconsciente antes que una imagen se haga consciente en la corteza visual, mostrando de este modo que nos emocionamos visualmente antes de reconocer lo que percibimos.

Las caras de los niños pequeños también disparan hormonas gregarias y de empatía con un aumento de oxitocina. Además se describió una relación hormonal de mejor respuesta ante imágenes de bebes, la cual disminuía ante la presencia de testosterona alta (hormona masculina) pero mejoraba su reacción emocional al subir la oxitocina (hormona del apego).

La científica Nancy Kanwusher y su grupo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) demostraron que tres áreas de la corteza cerebral son claves en la funcionalidad para la captación y el reconocimiento facial. Una especie de identificador cerebral de caras.

Existen tres zonas corticales específicas para esta función: dos temporales (fusiforme y temporal superior) y una occipital (facial occipital) que permiten al humano reconocer caras conocidas y desconocidas.

Este grupo de investigadores permitió suponer, que en algún momento esa estructura visual organizada que lleva la visión, discrimina los rostros separándose de la información visual general y diferenciando en la corteza occipital fusiforme las facciones conocidas. Esto se produce en forma inconsciente en decimas de segundos (primero en la corteza izquierda para luego terminar de reconocerse en el hemisferio derecho).

Para entender la importancia que tiene esta actividad basta con pensar, cuando nos encontramos con alguien conocido en una multitud, cómo nuestro cerebro interpreta su rostro entre miles. Esta función, que es adaptativa, es muy compleja desde lo funcional y esencial tanto desde lo evolutivo como desde lo gregario.

La visión de caras cumple funciones más complejas de lo que generalmente suponemos, siendo probablemente mucho más inconsciente que lo que se pensaba, condicionando la conducta a partir de lo que vemos, que es el material de información sensorial con que actuamos en consecuencia.

La capacidad de reconocimiento es mayor entre caras conocidas y/o del mismo grupo tribal; sin embargo, la recompensa que generan las caras de los bebés provoca otro tipo de atracción que supera las barreras sociales. El afecto que activan estas caras puede haber impactado en el cuidado emocional de los descendientes directos.

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Ignacio Brusco

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