"La violencia no es sino una expresión del miedo"

Arturo Graf

Luego de más de dos años de estrés pandémico, un aislamiento prolongado y una crisis económica consecuente, parte de la sociedad mundial ha incrementado diferentes actos de agresión. El aumento de los homicidios, los suicidios y las agresiones tanto físicas como verbales y de género se han hecho más comunes a nivel global. La guerra de Ucrania puede ser otro de los epifenómenos agresivos gregarios de una guerra europea antes impensada.

La muerte se ha acercado a nosotros con el Covid y se ha hecho costumbre. Combinada con el estrés crónico, se ha convertido en una promesa de tormenta perfecta y de incremento impulsivo.

Dos cazadores en la Edad de Piedra corren tras una presa. Cuando la alcanzan, el primero duda un instante, pero el segundo la caza y se la lleva. Sin embargo, el antes exitoso luego se enfrenta erróneamente con un tigre, es comido por el animal y ya no deja descendencia, mientras que el otro, dudoso, huye. Agresión y temor son de esta forma dos caras de una misma moneda: la toma de decisión de la actitud de lucha.

La agresión es un motor instintivo que lucha contra el miedo. Esta conducta, con bajo umbral para las actividades violentas, puede tener un sustrato cerebral y genético. Aunque, como sucede en general, no depende únicamente de esto, pues no se pueden obviar los factores ambientales y los culturales. Existe un área de la zona anterior del hipotálamo que, al estimularse, produce una clara conducta de ataque en el animal, así como también un aumento de la respiración y de la frecuencia cardíaca (señales de preparación para la lucha).

Esta conducta relacionada con la pulsión agresiva en los animales se encuentra regulada en el ser humano a partir del desarrollo de la corteza asociativa y, fundamentalmente, en un sector de ellas llamado lóbulo prefrontal (específicamente la parte orbitaria), en donde se produce un control de la cuestiones impulsivas.

Cuando estas cortezas se lesionan (cuando mueren las neuronas por lesiones externas o por enfermedades que generan mecanismos de desaparición neuronal) o se inhiben funcionalmente por un tiempo, como en el caso del alcoholismo, estas posibilidades inhibitorias traen como consecuencia conductas con agresiones desmedidas. Se ha planteado además que podrían existir genes que reajustan la agresividad (los que regulan al neurotrasmisor serotonina o los genes para una enzima llamada MAO) y que al alterarse provocarían una mayor tendencia a realizar actitudes violentas.

Otros trabajos muestran que el aumento de testosterona (hormona masculina) podría ir acompañado de un incremento de conductas violentas, sea porque se la indicó como tratamiento o porque la persona padece de hipersecreción de la misma. No obstante, hay que tener mucho cuidado porque hay trabajos serios en los que no puede considerarse a la genética como único factor. Además, en general existen múltiples genes que regulan ciertas conductas complejas, por eso se consideran reguladas por multigenes, que generan un aumento de riesgo de presentar ciertas conductas pero condicionadas por múltiples situaciones tanto sociales como ambientales. Se consideran que son multifactoriales y, así como existen genes que incrementan ciertas acciones, hay otros que aumentan la resiliencia para padecer ciertas conductas.

Se han descripto en el American Journal of Psychiatry del 2014 ciertos genes puntuales que generan conductas impulsivas para el riesgo de autoagresión y/o suicidio, lo cual no significa que la persona vaya a tomar este tipo de decisiones sino que presenta cierto riesgo para cometerlas. En otro trabajo dirigido por Jean Decety, integrante de la Universidad de Chicago, se estudió a presos con conductas impulsivas a través de resonancias funcionales y se observó que ante situaciones de peligro propio responden igual que sujetos normales, con un encendido del núcleo amigdalino, del hipotálamo y de la corteza prefrontal ventromedial, que se relacionan con las sensaciones de empatía. Pero cuando estos sujetos veían en las pruebas a otras personas sufriendo no existía función correcta en las respuestas cerebrales que debían implicarse, considerándose a esta vía como la de la empatía. Es decir, la afectación de la misma podría repercutir funcionalmente en las personas.

Otro tipo de conducta agresiva es la venganza. Existe un conocido estudio realizado por Tania Singer y su equipo en el Colegio Universitario de Londres que muestra que cuando se produce el castigo de algún miembro abusivo se encienden estructuras cerebrales de recompensa, como el núcleo accumbens, y zonas orbitales del lóbulo prefrontal como si produjera una compensación emocional al consumarse la justicia merecida.

Otro estudio realizado por la Universidad de Fráncfort del Meno demostró que en el castigo más pragmático se activan zonas del sistema motor, como el núcleo subcortical cerebral caudado y las operativas de la toma de decisiones (prefrontal dorsolateral). Cuanto más grande era la venganza merecida, mayor era la activación del caudado, tanto en el verdugo como con el castigado. Se registraba una relación directa en ambos casos con la intensidad de la venganza.

La agresión es una de las funciones instintivas claves que colaboran con la toma de decisión final, la cual puede verse alterada en individuos antisociales. Trabajar para que las personas susceptibles a realizar conductas agresivas aumenten su resiliencia social es una tarea que se debe plantear, pudiendo disminuir situaciones de riesgo tanto para sí como para terceros.

Más notas de

Ignacio Brusco

El problema del odio en las relaciones grupales

El problema del odio en las relaciones grupales

Los riesgos del cerebro multitask

Los riesgos del cerebro multitask

El sueño es un proceso activo y necesario

El sueño es un proceso activo y necesario

El preocupante aumento de la agresión postpandémica

El preocupante aumento de la agresión postpandémica

Fin de semana largo, feriados, descanso, vacaciones y cerebro

Descanso, vacaciones y cerebro

El cerebro de la persona antisocial

El cerebro de la persona antisocial

Adicciones y salud mental

Adicciones y salud mental

Angustia y felicidad, dos caras de la misma moneda

Angustia y felicidad, dos caras de la misma moneda

Cerebro y lenguaje: los problemas de la falta de estímulos en la niñez

Cerebro y lenguaje: los problemas de la falta de estímulos en la niñez

Qué es la "peripandemia"

Qué es la "peripandemia"