Cada vez que se promociona una reaparición pública de Cristina Fernández, Mauricio Macri se ilusiona. En Argentina o desde el exterior, se conecta para ver en vivo sus palabras. Su destino, al fin y al cabo, está atado al de su enemiga íntima. Pero la noticia no llega: por ahora todo indica que no será candidata, lo que lo deja en el vestuario, con los cortos puestos, y con ganas de jugar el segundo tiempo.

En espejo, juegan el mismo juego. Quieren volver al principal despacho de la Rosada, pero solo bajo sus condiciones. “No voy a ser la mascota de nadie”, bramó Cristina. En sus sueños, la militancia se subleva, la Corte vuela sin mas ante un pueblo decidido. Prepotencia de trabajo, peronísticamente hablando. Un -todavía- improbable 17, que haría que valiera la pena volver a empuñar el bastón.

En cambio, los vencimientos se acumulan, la deuda argentina se torna inviable y hasta un suplente de la Selección se ufana rechazar el convite a ser retratado con un político. Ya pasaba en los últimos años de su gestión, pero a fuerza de convicción se piloteaba. Cuando las variables se tornan imposibles de enderezar, más vale sacar conejos de la twittera y que sea lo que sea. Lo que fue.

“Entonces nos prepararemos para perder”, respondió un tozudo Alfonsín cuando le pidieron que moderara su discurso porque el electorado se corría a la derecha. La mayoría de los políticos, en cambio, prefieren buscarle la vuelta. Ahora que la historia se empecina en no querer enderezarse, hay que salir a buscar alternativas a la desesperada.

Wado es el que más profesionalmente se prepara para calzarse el traje. Teje en todos los rincones. Se codea “con los dueños del poder real” y hasta hace ostentación. Tanto, que para varios de los propios ya luce como un monje negro, impredecible.

Axel Kicillof le sigue el juego a la jefa. Acá hace falta dar vuelta el país, ir por todo. Se enoja, vocifera, sobreactúa para contagiar a la vice y entusiasmarla. En el fondo, teme enterarse una mañana cualquiera de que su destino se aleja de sus preferencias.

Igual de desorientados están quienes deberían frotarse las manos cual Messi ante la Copa del Mundo. No saben cómo resolverlo y están lejos de ponerse de acuerdo. Modernos, solo acuerdan dejar para más adelante las decisiones que los enfrentan irremediablemente.

PRO y Socma son, en última instancia, la misma cosa. El partido amarillo es una extensión en la política de la firma comercial. Dos organizaciones empresariales. En su cabeza, Mauricio puede dejar de ser el CEO, pero no puede dejar de ser el dueño.

“Quiero hacer lo mismo, pero mucho más rápido”, resumió alguna vez como programa de gobierno 2023. Apuesta a la desmesura tanto como su enemiga íntima. Asumiendo su impopularidad le cedió a Patrica Bullrich su lugar en el debate interno. Y la fogoneó con el mismo ímpetu con el que ahora, de repente, le retacea el combustible.

“En las encuestas, Patricia está muy por arriba de Horacio”, aseguran a quien los quiera escuchar. Ella no se ilusiona tanto. Sabe que juega de comodín de otro, que por más cara de mala que ponga su destino en la historia no pasaría del de Alberto Fernández.

Lo de Larreta es más serio. Va a Cumelén a negociar condiciones. Y Macri sabe que las desconocerá por completo si se le cumple el sueño de tomar las riendas. “Para los radicales las elecciones son eso que pasan entre interna e interna”, se mofan de sus socios. En su mundo, el poder es eso de lo que se discute mirando lagos patagónicos. Y no hay nada más.

Si no sos vos soy yo, si no soy yo sos vos

Dura encrucijada la de Macri y Cristina. Disfrutaron por años el minué de llevar al país a la cornisa, seguros de ser los únicos beneficiarios del juego. Si no sos vos soy yo, si no soy yo sos vos, firmaron gustosos.

Un 21 de julio de 1998, Carlos Menem ordenó “desarticular” cualquier operativo por la re re. Todo estaba preparado. Se multiplicaban por cientos, día a día, las voces que pedían a gritos un nuevo mandato. Hasta el Diego se había montado en la movida. Rodolfo Barra tenía escrito el fallo de la Corte: los convencionales se habían extralimitado en la cláusula transitoria que ponía límites. La letra de la nueva Carta Magna quedaba a salvo. Jurídicamente irreprochable.

Envuelta en miles de palabras, las mismas que rezongan en público o en privado Macri y Cristina, la realidad se imponía. Si vas, perdés. Y lo sabés. Lo supo el riojano, lo saben ahora los declinantes líderes de oficialismo y oposición. Poco valorada, aquella jornada de 1998 fue crucial en el proceso democrático iniciado en el 83.

La mayoría repudia a Macri y a Cristina. Solo se pueden ganar entre ellos, y sería decadente llegar a una final que los enfrentase para dilucidar simplemente quien es el menos rechazado. En la sensatez, están acabados. En el río revuelto también. Está el outsider mirándolos desde lejos para cosechar la desilusión de sus devotos, cual león que, reposado, mira como todos trabajan para él en la selva. Muchas cosas pueden pasar todavía en lo que debiera ser un simple cambio de gobierno. Todos bailan, muertos de nervios, al ritmo del humor social que, todavía, prefiere gritar Campeón Mundial antes de ponerse a pensar.