El extremismo y el dogmatismo son fenómenos presentes desde el comienzo de la historia, motivando conductas intolerantes. Las personas que practican el extremismo y el dogmatismo de manera frecuente son más impulsivas que lo usual y tienen además una resistencia enorme a cambiar sus creencias frente a las evidencias. Erich Fromm, en su obra El miedo a la libertad, plantea que el miedo y la inseguridad conducen al deseo de salidas autoritarias. El afán de certezas, control y elementos que alimenten el orgullo personal y social son factores que nutren esos fenómenos, especialmente el fanatismo.

Este es un estado mental caracterizado por la adhesión a un cuerpo de creencias de manera tenaz. La persona se siente gratificada al fusionarse, de manera simbiótica y exagerada, con un grupo. Ser fanático implica un entusiasmo desmedido y una monomanía en torno de determinados temas. Incluso, muchas veces propicia acciones exageradas y violentas. Winston Churchill decía: "Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema". Cerebros muy chiquitos.

Con la gente de mente pequeña ocurre lo mismo que con las botellas de cuello estrecho: cuanto menos contienen, más ruido hacen al ser vaciadas. Una buena parte de la población mundial mantiene una tendencia que no va precisamente hacia la apertura mental. Intereses personales, fanatismos políticos y religiosos, discriminaciones, actitudes verdaderamente destructivas.

El pensamiento equilibrado, en cambio, nos permite enfocar el mundo sin muchos filtros y con autenticidad. Asumir y practicar este tipo de enfoque nos permitiría dejar a un lado un amplio abanico de elementos negativos. Cuando escuchamos la palabra "equilibrio" nos viene a la mente la clásica imagen de alguien avanzando por una cuerda suspendida en el aire, intentando, con hábil maestría, no precipitarse al vacío. Su equilibrio, lejos de estar en los pies, se encuentra principalmente en su mente. Esta imagen, como tal, no puede ser más acertada.

En nuestro día a día nos encontramos muchas veces en esta misma situación. La realidad a veces es caótica, demandante y compleja. La vida es la propia cuerda floja y nosotros somos esos acróbatas que deben mantener el equilibrio con el fin de no perder el control. Aplicar un pensamiento equilibrado es clave para lograrlo, porque a partir de él también nuestras emociones encuentran calma y nuestros "pies" están en la direccionalidad propicia para permitirnos llegar a un objetivo concreto.

Sin embargo, lograrlo no es fácil. Nuestro cerebro opera la mayor parte de las veces de forma inconsciente y mediante automatismos. Esos atajos mentales derivan, a menudo, en los extremos. Aplicar un pensamiento equilibrado es, por tanto, un modo muy útil de invertir en nosotros y una ayuda inestimable para afrontar muchos de esos patrones mentales que nos dejan atrapados en agujeros negros.

A veces andamos demasiado de prisa porque nos hemos acostumbrado a vivir de forma automática; hacerlo de este modo intensifica la aparición de un pensamiento "desequilibrado"; es decir, el que no razona, el que se deja llevar, el que no reflexiona, no ve, no aprecia. Por eso aplicar un pensamiento equilibrado en nuestro día a día, desde una mente en calma, hará que reduzcamos el riesgo de sufrir estrés o ansiedad.

El pensamiento equilibrado no distorsiona la realidad, aprende a ver las cosas tal y como son, tal y como ocurren. Asumamos, por lo tanto, este objetivo como ejercicio cotidiano y aprendamos a desarrollar un enfoque más sosegado, receptivo y equilibrado. Thomas Merton sostenía: "La felicidad no es una cuestión de intensidad sino de equilibrio, orden, ritmo y armonía."

"El lama impartía enseñanzas a los novicios del monasterio. Ponía especial énfasis en percibir, en el glorioso vacío interior, la voz de la mente iluminada. Ayudaba a sus discípulos a vaciar la mente de inútiles contenidos para un pensamiento equilibrado.

¡Vacíen la mente!, exhortaba incansablemente.

Tanto insistía en ello que algunos discípulos le preguntaron respetuosamente: ¿Por qué pones tanto énfasis en ese vacío?.

Ahora estoy ocupado, pero les pido que todos se reúnan al anochecer conmigo en el santuario. Quiero que cada uno traiga consigo un vaso lleno con agua, dijo el lama.

Los discípulos disimularon su asombro e incluso alguno de ellos se vio obligado a sofocar la risa.

El sol se comenzaba a ocultar. Los discípulos tomaron cada uno un vaso, lo llenaron con agua y fueron hasta el santuario.

Ahora van a hacer algo muy simple, golpeen los vasos con cualquier objeto. Quiero escuchar el sonido, la música capaz de surgir de ellos, explicó el maestro.

Los discípulos golpearon los vasos. De los mismos no brotó más que un feo sonido, sordo y desde luego nada musical.

Entonces el maestro ordenó: Ahora, queridos míos, vacíen los vasos y repitan la operación.

Así lo hicieron los monjes. Vaciados los vasos, golpearon en ellos y surgió un sonido vivo, intenso, musical.

Los discípulos miraron al lama interrogantes. Él solo se limitó a decir: Un vaso lleno no suena; una mente atiborrada no luce. Les deseo felices sueños".

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Lic. Aldo Godino

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