Nos encontramos en una situación en la que, sin salir de la pandemia mundial, presentamos hábitos mixtos. Por ejemplo, China tiene aislados a 25 millones de personas o se comunican otras variantes del virus del Covid, como la nueva Ómicron recientemente descubierta en Inglaterra, pero los casos de contagios y la mortalidad disminuyen a nivel mundial.

Como consecuencia de esto último se comenzaron a relajar muchas medidas, como las actividades deportivas, los espectáculos, la educación, los trabajos, etcétera. Sin embargo, el barbijo, el alcohol en gel, saludarse chocando los puños o tomarse la temperatura siguen formando parte de nuestras vidas. Así es como parte de la educación se mantiene virtual, o al menos híbrida, y otra parte apela a la actividad presencial total. Algunas son conductas justificadas y otras enquistadas un poco obsesivamente, generando un estrés prolongado.

Cuando se estabiliza el estrés crónico se pasa de secretar sustancias de respuesta aguda, como adrenalina, a incrementar otras sustancias y hormonas del estrés crónico, como el cortisol y el CRH (corticotrofina). Esta cronicidad afecta varios sistemas, entre ellos especialmente el mental y posiblemente el inmunológico en muchas personas.

Manejar el estrés

Debemos prestar atención a la prolongación del "estado de peripandemia", pues el estrés puede hacerse crónico con el paso del tiempo. El ser humano puede no resistir el estrés permanente. El manejo inteligente de este proceso será ideal para el cumplimiento de las consignas y para evitar patologías subsecuentes muy complejas.

Terminada la problemática "Covid", tal vez no se produzcan grandes cambios en la conducta social, aunque sí posiblemente existan modificaciones culturales. Incluso se podrían observan actitudes paradojales: personas que se liberan incumpliendo las consignas preventivas comunes.

Los procesos habituados son actividades no pensadas pero controladas por nuestra corteza cerebral, en las cuales ahorramos energía consciente dado que son rutinas que realizamos todos los días. Es por eso que el sistema nervioso no gasta en pensamientos colaterales que enlentecen y dificultan las acciones conocidas. Que los actos sean inconscientes favorece su operatividad y velocidad al no tener la intromisión del pensamiento. Y los nuevos hábitos que se han generado se mezclan con los históricos en esta salida prolongada de la pandemia.

El cansancio, así como también la disminución de los casos y de la mortalidad apuntan a bajar la guardia. Pero el conteo de casos, algunos rebrotes o mutaciones como las comunicadas por los medios o las redes sociales atentan con el fin de la pandemia en forma definitiva. Nos encontramos entonces en la "peripandemia", pues estamos ya bastante activos pero han quedado nuevas costumbres, como el uso del barbijo, que impide vernos las caras y, especialmente, las bocas. Esto genera una pérdida de contacto social clave, como observar nuestras sonrisas, de la capacidad cognitivas para ver las caras y del reconocimiento del lenguaje a través de las neuronas espejo que miran la mitad de la cara ayudando instintivamente a la comprensión del habla y la expresión del otro.

Reconocimiento facial

Los reconocimientos de las caras corresponden a una función instintiva muy importante en la intersubjetividad y en la relación de pequeños grupos de humanos conocidos a los que evolutivamente e instintivamente estamos acostumbrados. El homo sapiens, si bien es el ser más gregario, evolucionó en pequeños grupos tribales a los que debía reconocer en pos de su supervivencia.

En la funcionalidad de la visión existe una función para reconocer rostros, con cortezas cerebrales dedicadas a esto. Una función que lleva el nombre de faciotopía y que se expresa en un viaje estructurado de las caras dentro del sistema nervioso. Esta parece ser un proceso esencial para diferenciar caras conocidas de desconocidas y probablemente haber ayudado a la evolución con una conducta inconsciente preventiva. Esta aparente simple cuestión puede afectar fuertemente la red social de niños, de adolescentes y de adultos mayores.

También las caricias y los abrazos faltantes, a partir del distanciamiento social (que debió ser solo físico), aumenta fuertemente la falta de apego de estos grupos más vulnerables.

En este contexto de pandemia, el temor se prolonga y el estrés se cronifica, produciendo mayor riesgo de padecimientos mentales y corporales familiares. Asimismo, se arriesgan mayores conflictos laborales y familiares a partir del estrés prolongado.

La "peripandemia" es, entonces, una salida todavía indefinida de una crisis sanitaria que ya habilita a pensar y a actuar muchos viejos hábitos, pero todavía no del todo.

* Neurólogo y psiquiatra. Doctor en Filosofía. Vicedecano de la Facultad de Medicina de la UBA. Conicet

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