A lo largo de la historia de la humanidad (o del homo economicus), hemos experimentado cinco modos de producción, que cualquier buscador de internet definirá como distintas formas en que se organiza la actividad económica en una sociedad: comunismo primitivo, modo asiático, esclavismo, feudalismo y capitalismo, que me pregunto si será el último que conoceremos.

Lo cierto es que con el capitalismo (cuya descripción es más que conocida y vivida), se perpetuaron categorías o definiciones económicas, como por ejemplo que todo bien que es susceptible de ser transaccionado se denomina mercancía. Así, hoy estamos en presencia de la mercantilización no sólo de la tierra, alimentos, productos industrializados o hasta servicios intangibles, sino también del espacio social e intelectual, de nuestros datos, del aire, de los olores, de nuestras emociones.

Hasta el año 2013, parte (o todo) el genoma humano era factible de ser patentado. Pero en dicho año, la Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó que los genes humanos no se pueden patentar en dicho país (¿y en el resto del mundo?) porque el ADN es un "producto de la naturaleza". Existen Empresas "conquistando parcelas en la Luna y otras patentando los algoritmos integrados al software como derechos de autor. Las redes sociales realizan minería de datos de nosotros como usuarios que luego venden a diferentes organizaciones, monetizando dichos datos personales. Esto se llama una "segunda era del cercamiento". Pero ¿cuál fue la primera?

La "primera era del cercamiento" o "enclosures" tomó lugar en Inglaterra desde principios del siglo XVIII hasta el siglo XIX y consistió básicamente en el cercado de los campos abiertos. Para aquel entonces, la tierra que era compartida y "explotada" colectivamente por pequeños agricultores fue literalmente cercada y transferida a manos de los terratenientes, sentando las bases de la concepción de la propiedad privada que luego consagró John Locke, entre otros autores. Cabe aclarar, sin ningún juicio de valor al respecto porque está la historia misma para ser observada, que estas parcelas eran dispersas y, por lo tanto, desconectadas entre sí, de bajos rendimientos, pero orientadas a la supervivencia y de hecho todavía persisten ejemplos así de economías de subsistencia en África, Asia o la misma América Latina.

Cercamiento como concepto puede aplicarse a cualquier procedimiento por el cual algo que era libre de ser tomado o administrado colectivamente, se privatiza y se pone a disposición como mercancía, para ser intercambiado en el mercado. Este mecanismo no supone un conflicto, puede darse en connivencia con los gobiernos, pero sí es un hecho que se sacan las cosas de su contexto orgánico. Hoy esos cercos o recintos se han trasladado a bienes y servicios intangibles, como el conocimiento mismo.

Ahora bien, así como se experimenta una segunda era de cercamiento, también pueden renacer los llamados "bienes comunes" y no precisamente como una "tragedia" como solieran ser bautizados (la "tragedia de los bienes comunes"). Y su concepción, ¿puede dar pie a un nuevo modo de producción?

Autores como David Bollier, especialista en la temática, define a los "bienes comunes" como un "régimen de autogobierno y gestión de recursos compartidos, contemplando el recurso más la comunidad que lo gobierna más el conjunto de reglas que regula su uso", que podría aplicar a diferentes espacios, es decir, a la tierra rural pero también a espacios urbanos, espacios digitales, espacios sociales, etc. Lo cierto es que hay reglas, no libre juego ni individualismo que conlleva a estropear todo, como supuso el biólogo Garrett Hardin y por lo cual habló de tragedia al referirse a bienes comunes. Fue la primera mujer en ganar el premio Nobel de Economía, Elinor Ostrom, quien reivindicó el concepto y sacó a la luz muchos ejemplos actuales de administración de "bienes comunes" de manera sostenibles: sistema de control de agua administrado por la comunidad bajo el nombre de "acequias" en México; las Instituciones llamadas "Zanjeras" en Filipinas; los sistemas de tenencia comunal en los prados de alta montaña en Suiza y las instituciones de riego de la huerta en España, por citar algunos.

Actuar de manera colaborativa y colectiva, sosteniblemente, es posible como otra forma de organizar las actividades económicas. Hecho que no hace nupcias con la teoría económica del homo economicus que siempre actúa de manera racional guiado por su interés invididual de obtener la máxima satisfacción posible, pero sí es coherente con los planteos de los nuevos científicos evolutivos que ven a la cooperación como tercer principio fundamental de la evolución, además de la mutación y la selección natural de la tradicional competitividad que pregona el neodarwinismo.

Y hay un ingrediente más que es significativo para el concepto de bienes comunes pero también para la humanidad, en el contexto actual. Los bienes comunes suponen cierta "inalienabilidad", respecto de cosas que no se pueden vender ni regir por las reglas de mercado, cuando todo parece estar controlado mercantilmente. Dice Bollier: "los bienes comunes consisten en crear espacios protegidos para que surja un tipo diferente de humanidad. Esto es tanto una necesidad personal, existencial, como un desafío para crear nuevos tipos de instituciones (...) la identidad y el florecimiento humano surgen a través de una conexión, una relación con los demás, incluida la vida no humana y la tierra misma. Un bien común es un vehículo para descubrir juntos nuestros propósitos comunes en un contexto orgánico basado en el lugar (...) ".

Como han mencionado Bollier y Ostrom, la crítica a los "bienes comunes" suele ser la imposibilidad de salir de la escala local o barrial para pasar a la administración a través de una organización piramidal, como si fuera el único modelo organizacional posible. Pues precisamente tal vez se requiera pensar en otro tipo de organizaciones e instituciones tanto en el plano privado, como en el plano estatal, que hoy realmente son posibles, cuando ya existen empresas de estructura horizontal y circular y gestión holocrática, con paradigmas "teal" y vecinos y vecinas que se agrupan con propósitos concretos para mejorar la calidad de vida de sus barrios en organizaciones autogestionadas no gubernamentales.

Finalmente, tal vez como humanidad estemos ante la posibilidad de ser protagonistas de la generación de más que un nuevo modo de producción, un nuevo modo de organizarnos como seres sociales entendiendo que nuestro vínculo con los bienes, con las actividades económicas, con los espacios se genera a partir de la relación, primero, con el otro y la otra, ellos es lo que nos da identidad y propósito y entonces ya no hablemos de homo economicus sino de "homo emoticus" (como acuña Richard Firth-Godbehere), movilizados por nuestras emociones (no racionalidad) y relaciones (no individualidad).

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