Sumergirse en una pileta repleta de granas de colores, lanzarse por un tobogán de casi tres pisos de altura, caminar entre bananas colgantes de colores, ingresar a un vagón de subte iluminado con luces de neón rosas chicle y comer helado en casi cada una de las salas es lo que propone el Museo del Helado, imperdible atracción de la ciudad de Nueva York, pensada en su totalidad como un recorrido instagrameable, a tono con lo que demandan las nuevas generaciones.

La fundadora de este museo, Maryellis Bunn, confesó alguna vez que sus verdaderos competidores no son tanto los otros museos, sino más bien Netflix y las plataformas de entretenimiento. Es cierto que no es un museo, ni una heladería o una tienda pero su concepto esquivo posee una estética concreta y apunta, por sobre todo, a vivir una experiencia. Tan es así que Bunn encontró una palabra para definirlo, que combina en inglés "experience" y "museum": "experium".

Hay personas de todas las edades y procedencias en la larga fila que ya se percibe sobre la calle Broadway, en la coqueta zona del Soho, para ingresar a una de las más curiosas propuestas en lo que a museos se refiere: aunque más que un museo es una "celebración", dicen los organizadores a los visitantes que, al ser consultados, confiesan proceder de Suiza, Alemania, Argentina, Israel y distintos puntos de Estados Unidos.

Algunas indicaciones previas mientras reciben al público en la planta baja, donde las diferentes tonalidades de rosas encandilan la mirada (las paredes, los estantes donde se exhibe el merchandising, medias con dibujitos de helados, unicornios de peluche, puzzles, cartucheras, todo (sí, todo en rosa): la recorrida dura unos 45 minutos y siempre hay que caminar hacia adelante y nunca retroceder. Una vez dentro, sí, bienvenidos a la casa de ensueño de los nativos digitales. Cada paso dentro de este laberíntico museo es digno de una foto o selfie para redes.

Cada persona que ingresa al museo podrá crear su propio nombre de helado, escribirlo sobre un papel (rosa) y pegarlo en el pecho: allí, los diferentes guías del museo ayudarán a atravesar este laberíntico itinerario que comienza con una suerte de barra de un bar vintage, donde reparten helados, y luego, un excepcional banquete de postres, aunque -en este último caso- sólo para la foto, todo es de utilería.

Hay que subir escaleras, bajar toboganes, doblar para un lado y para el otro, correr cortinas y atravesar salas completamente espejadas para realizar el recorrido por este atípico museo, que incluye por ejemplo un espacio exactamente igual a un vagón de subterráneo, con sus asientos, pasamanos y ventanillas, donde la iluminación neón genera un inesperado clima, según constató Télam en un reciente visita al museo.

Uno de los puntos fuertes del museo es esa suerte de pasillo con arcos de colores que representan al arco iris en orden cromático, guiño al orgullo LGBTIQ+; otro es una suerte de parque de diversiones con hamacas, toboganes, un juego para embocar las pelotas en el aro, y finalmente, la piscina de natación, inmensa, incluidos los trampolines (de adorno, claro) que en vez de agua están repletas de una especie de salchichas de colores (chispitas) pero de plástico, como si fueran inmensos decorados de una torta. Hay que sacarse los zapatos y una vez dentro, continuar con el ritual de las fotos. 

Un museo de tres pisos, todos los helados posibles y trece instalaciones multisensoriales son los números oficiales que conforman este peculiar templo, el sueño febril de Willy Wonka, que posee sedes similares en Austin (Texas), Singapore (Dempsey) y, pronto, la tendrá en Chicago.