El dolor es una de las emociones inherentes a nuestra existencia, desde el momento en que nacemos. Las expresiones de dolor y sufrimiento pueden ser variadas, y van desde el llanto contenido al llanto desbordado, desde la introversión a la necesidad de estar rodeado de gente, desde el abandono personal al cuidado extremo.

Contar con el apoyo adecuado en momentos difíciles y sentirse querido y apoyado durante este proceso es uno de los puntos más importantes de la evolución del dolor. Es posible ayudar al otro a llevar y superar su dolor, ayudándonos a nosotros mismos en ese proceso, cuidándonos emocionalmente y teniendo en cuenta nuestros sentimientos, sin alejarnos ni implicarnos exageradamente.

Sean cuales sean los motivos, siempre podemos acompañar a quien sufre en su dolor, permaneciendo a su lado, compartiendo con él desde el respeto. No siempre hay formas para detener las lágrimas ni método para sanar las heridas psíquicas. Lo que sí tenemos es nuestra presencia para apaciguar el dolor, porque al escuchar las necesidades de los que sufren, les estamos diciendo que también cuentan con nosotros para hacer frente a ese sufrimiento. 

Si ya de por sí es difícil lidiar con nuestro propio dolor físico y emocional, responder al de los demás puede sobrepasarnos. Ayudar a personas que pasan por algún tipo de dolor se basa menos en el diagnóstico y los procedimientos, y más en el estilo personal. Mientras que algunos se apresuran a ayudar, pero confunden “arreglar” con ayudar, otros deciden perderse, esperan que nadie cuente con ellos, asumiendo que no tienen las habilidades para ayudar a la persona.

Sea cual sea el grado de tolerancia que tengamos al sufrimiento de los demás, todos tenemos algo que ofrecer a pesar de nuestras diferencias. Una de las maneras más eficaces de ayudar es ser honestos sobre lo que podemos dar, y en este punto entra en juego la empatía o la capacidad que tengamos de ponernos en el lugar de la persona que sufre.

La empatía no solo requiere un mecanismo para compartir emociones, sino también para mantenerlas separadas. De lo contrario, nos angustian emocionalmente. Esto significa que podemos, de alguna forma, acompañar en su dolor a la persona, haciéndola partícipe de que entendemos y compartimos lo que siente. Un paso sencillo que puede resultar muy reconfortante; la persona, además de sentirse acompañada, también se siente comprendida en su sufrimiento.

Es posible que las personas que sufren, prefieran no tener conversación alguna y solo deseen nuestra compañía; incluso pueden desear estar solos. Preguntar, y no asumir, es la única forma de averiguarlo para ser más efectivos. Las personas que se sienten heridas quieren saber que no están solas y que alguien comprende la profundidad de su experiencia, así que ofrecer respuestas fáciles e inmediatas, y menos si no han sido pedidas, puede hacer que la persona se sienta ignorada, invisible y más sola aún.

A veces tratamos de ayudar sugiriendo soluciones inmediatas para intentar disminuir el dolor. Pero, podemos caer en el error de ser demasiado directivos: asumimos el problema como nuestro, buscamos una solución y empujamos a la persona para que actúe en ese sentido. Sin embargo, el problema no es nuestro y es ella quien finalmente tendrá que tomar decisiones; precisamente, por eso, podemos ayudar mucho dando ideas o aportando alternativas.

Enfrentamos el desafío de valorar nuestra presencia y empatía silenciosa, ya que, con frecuencia, la conexión empática durante un momento difícil no requiere palabras o habilidades especiales. El cuidado auténtico y el deseo de estar presentes de manera honesta ya suelen tener un gran efecto. En ocasiones no hacer nada es lo más difícil que nos pueden pedir o que podemos intentar. Creemos que la escucha, sin la intención de buscar una solución, es tarea inútil. 

“Un hombre vino del trabajo a su casa tarde, cansado e irritado, y encontró a su hijo de 10 años esperando en la puerta. 

-Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?

-Sí... ¿cuál es? contestó el hombre.

-¿Papá, cuánto ganas en una hora?

-Eso no es asunto tuyo. ¿Por qué preguntas eso?, dijo el hombre enojado. -Pero, si quieres saberlo, en una hora gano 20 euros.

-Papá, ¿puedo pedirte prestados 10 euros?

El padre se puso furioso. -¿Para eso preguntas? Vete directamente a tu cuarto y acuéstate. Estás siendo muy egoísta. Yo trabajo muy duro y no tengo tiempo para estas tonterías infantiles.

Después de una hora, el hombre se había tranquilizado, y empezó a pensar que quizás había sido un poco duro con su hijo. El hombre fue a la puerta del cuarto del muchacho y abrió la puerta.

-Quizá haya sido demasiado duro contigo antes. Ha sido un día largo y pesado. Aquí están los 10 euros que me pediste.

-Papá, ahora ya tengo 20 euros y puedo comprar una hora de tu tiempo. Estoy triste y necesito estar contigo. Por favor, ven a casa temprano mañana."

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