En una persona soberbia hay grandiosidad, altanería y egocentrismo, pero también inseguridades, miedos y vacíos. Se creen todopoderosas, muy por encima de los demás y que siempre tienen la razón. Son aquellos que sienten tanta pasión por sí mismos que todo les queda pequeño, nadie les puede enseñar o mostrar nada, pues ya “lo sabían”. 

La soberbia es un sentimiento de valoración en el que la persona concentra su foco de atención sobre ella misma porque se considera excelente, única y muy por encima de los demás. La soberbia es amiga del orgullo, la vanidad, las ansias de poder, el narcisismo y el egocentrismo. Leonardo Murialdo dijo: “La soberbia no es grandeza, sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”.

Sin embargo, no hay que confundir. Puede que nos llamen egoístas cuando nos priorizamos. Es muy posible, también, que nos acusen de cobardía cuando nos damos cuenta que algún proyecto ya no merece nuestras energías. Lo creamos o no, el amor propio es un concepto que muchos confunden. El amor propio no es orgullo, ni soberbia, porque el que se respeta a sí mismo no busca sentirse superior a nadie. El amor propio implica, por encima de todo, dejar a un lado el “yo debería ser” hacia el “yo soy”. 

Casi siempre es la misma historia: estamos más pendientes de lo que quieren los demás, que de aquello que deseamos nosotros. Sobrevivimos más que vivir y como consecuencia obtenemos la pérdida de nuestros sueños y la desconexión de nosotros mismos. Con el “deber que” y el “tener que” cerramos el acceso a ese nivel de nuestro interior.

Cuando alguien no se tiene en cuenta y lo hace durante un tiempo, termina despertando un día pensando que su vida está muy lejos de ser la que quería. La conformidad de dedicarse a lo que ha ido apareciendo, junto a lo que los demás le demandaban, suele jugar una mala pasada: llevarnos a un lugar en el que nos sentimos extraños.

Muchos de nosotros somos buenos ejemplos de ese gran déficit hacia lo personal y que ha invadido gran parte de nuestra sociedad. Es suficiente con mirar a nuestro alrededor y observar cómo la gente se dedica a trabajos que no ama, se conforma con sus relaciones y deshecha sueños porque parece que necesitan un vuelo demasiado alto capaz de rozar lo utópico.

No somos egoístas, estamos cuidando de nosotros mismos. Cuando el resultado son sentimientos de decepción y desencanto es muy probable que nos encontremos viviendo nuestra vida como actores y actrices secundarios. ¿Acaso somos egoístas cuando salimos a buscar aquello que necesitamos y nos hace bien? La mejor solución es invertir en amor propio. 

Debe llegar un momento en que empecemos a practicar el amor propio. Nos referimos al arte de llenarnos de cosas saludables: personas, situaciones, cosas… Unos lo llamarán egoísmo, otros, sin embargo, lo llaman dignidad personal. El amor propio no se encuentra fuera de nosotros, se construye, se hilvana con delicadeza y se riega cada día como la semilla más poderosa de nuestro ser. Es un valor personal que nos confiere autorrespeto y la reafirmación de nuestro ser. 

El amor propio es esa brújula que nos señala el norte, ilumina las zonas oscuras y hace de faro en esas noches cerradas donde el rumbo parece incierto o perdido. Tener amor propio no está relacionado con no tener preocupaciones, dudas o miedos, sino con continuar a pesar de todo ello. Querernos nos protege, pero no nos aísla en una burbuja. Nos da seguridad y fortaleza, el impulso para luchar por lo que queremos a pesar de las tormentas. Además, la persona que no se valora a sí mismo, no puede valorar nada ni a nadie. Es muy difícil dar lo que no tenemos, y si no nos queremos a nosotros mismos, difícilmente podremos ofrecerle amor a los demás. 

El amor propio es la clave fundamental para alcanzar el bienestar y potenciar nuestro crecimiento personal. Querernos es una fabulosa costumbre que, en muchas ocasiones, queda relegada por priorizar otras menos importantes. El acto de valorarnos, de amarnos, constituye la columna vertebral de nuestro bienestar. El pilar que nos sostiene y nos cobija, que nos protege y que por supuesto, nos impulsa a crecer más y más. 

“Érase una vez un búho joven, especial y maravilloso; aunque él no lo sabía. Tenía un lindo plumaje que con el pasar del tiempo se volvía cada vez más blanco. Vivía la mayoría del año cerca del polo ártico; pocos animales pueden sobrevivir allí. Cuando llegaba el invierno, el pequeño tenía que volar miles de kilómetros hasta encontrar tierras más cálidas dónde buscar alimento. 

En su primer viaje pudo llegar hasta el trópico. Encontró un bosque con muchas aves. El joven búho comenzó a compararse con cada una de ellas, admirando aquellas tan coloridas y diferentes a él.

Sentía que no era tan especial como aquellos pájaros llamativos. Por eso decidió volar hasta su abuelo. 

-Abuelo ¿por qué no tengo un plumaje tan colorido y especial como las otras aves? 

-Si no tienes el plumaje de tantos colores es que no lo necesitas. Tú eres un búho blanco de nieve y no un ave tropical. Tú ya eres un ave muy especial, tú eres único.

Y el joven lo repitió en su cabeza una y otra vez: -Soy único, soy especial, soy yo!”

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