“Necesito ayuda. Estoy agotado, al límite de mis fuerzas. Cansado de remar en soledad, de aparentar poder con todo y no poder con mi propia persona. Necesito un salvavidas, una mano amiga que pueda y quiera guiarme.” Hay momentos así, esos en que no queda más opción que solicitar apoyo, aceptar una ayuda que nos permita abordar nuestros problemas desde otra perspectiva. Hay quienes hacen suyo un malestar hasta normalizarlo, tragando esa infelicidad hasta acumular muchas más piedras: las de los pesares, los rencores, las del mal humor.

Lo de pedir ayuda parece un signo de debilidad. Porque hay quienes proyectan la responsabilidad en los demás, esperando a que sean otros quiénes adivinen qué les ocurre y actúen en consecuencia. Afortunadamente también encontramos a quienes dan el paso y se atreven a pedir auxilio. Porque lo de callar y aguantar tiene su límite: aunque quizás nos sea más fácil ofrecer que recibir, hay momentos en que es necesario solicitar ayuda.

A menudo caemos en estados de completa indefensión y desesperación al pensar que la vida no nos puede tratar peor. Que somos como un barco de papel que siempre va a la deriva. Sin embargo, no son los hechos lo que nos alteran, sino la interpretación que hacemos de los mismos. Contar con alguien que sea capaz de hacernos ver esto último es sin duda el mejor de los recursos. Quien más ayuda necesita es también quien más acostumbrado está a prestarla, no a recibirla. Así, cuando finalmente cruzamos esa línea y reclamamos por fin el derecho a ser escuchados, atendidos y cuidados, lo hacemos porque ya no podemos más. Hemos llegado al límite.

Pero no hay que llegar rotos a ese límite, a esa frontera. Hay determinadas cosas, ideas, recuerdos, sensaciones que no podemos quitarlas de nuestra mente. Todas esas imágenes y pensamientos llegan a interferir en nuestras tareas y obligaciones cotidianas. Necesitamos ser entendidos, que no nos juzguen por aquello que pensamos o hayamos podido hacer y que nos ofrezcan recursos para generar un cambio positivo. Nos hace falta aprender a ver nuestros problemas desde otra perspectiva, una donde dejar de vernos como víctimas y ser agentes para cambiar nuestra propia realidad.

Lamentablemente existen “necesitadores compulsivos” que revolotean a nuestro alrededor como insectos persistentes en busca de alimento. Hablan un solo idioma, el de “yo quiero, yo necesito, yo tengo que decirte…”. Hablamos de personas incapaces de gestionar su frustración, que carecen de autonomía personal y de ese impulso con el que responsabilizarse de sus vidas de un modo congruente y maduro. Muchos psicólogos dicen que este exceso de “necesidad” es el auténtico trastorno del siglo XXI. “Yo necesito que los demás me ayuden a resolver mis problemas”. 

Cuando éramos niños, nuestros adultos se hacían cargo de las demandas de la situación social y nosotros nos limitábamos a mirar, escuchar y responder alguna pregunta que nos dirigían de forma directa. Ya adultos, cada uno de nosotros es capaz de hacerse cargo en solitario de estas y otras interacciones. Pero no para todos es así: hay quienes siguen necesitando “bastones sociales”.

En ocasiones, para nosotros tener bastones sociales es tan natural que no nos planteamos por qué nos hacen tanta falta. De cualquier forma, lo que existe detrás es una profunda inseguridad, una carencia absoluta de autoestima que puede llegar a generarnos picos realmente altos de ansiedad, haciendo que nos volvamos realmente torpes. Se terminan convirtiendo en un obstáculo para el crecimiento. Urge no perder nuestro amor propio, el tesoro que a cada uno de nosotros nos hace únicos y especiales. 

“Un día, un sapo dijo que iba a soñar que era un árbol. Fue a su pequeña cueva y allí soñó que era un árbol.

Al día siguiente, contó su sueño a cerca de cien sapos curiosos que le rodeaban: -Anoche soñé que era un árbol  altísimo. Sus ramas eran largas y estaban repletas de nidos. Pensé que podía volar, pero no volaba. También sentí que podía andar, pero eran las hojas. Creí que lloraba, pero era lluvia. No podía moverme. No, no me gustó nada ser árbol.

Entonces, después de pensar un rato, dijo: -Esta noche soñaré que soy un río.

Y al día siguiente, doscientos sapos se amontonaron a su alrededor para escuchar su sueño: -Anoche soñé que era un río. El agua hacía tanto ruido, que no podía oír nada… Llevaba barcos de un lado a otro de la orilla. Siempre con prisas. También descubrí que el agua también está quieta y silenciosa. Vi peces, pero ninguna sirena. No, no me gustó ser río.

Los sueños del sapo se hicieron tan famosos, que al día siguiente ya había más de trescientos sapos esperando. Día tras día, el sapo iba descartando todos sus sueños: -No me gustó ser viento, dijo un día. -No me gustó ser luciérnaga, dijo al día siguiente. -No me gustó ser nube…

Y un día, los sapos lo vieron tan feliz junto a la orilla de su charca, que le preguntaron: -¿Por qué estás tan feliz?

Y él respondió, con una enorme sonrisa: -Anoche soñé que era un sapo. Y fue un sueño maravilloso.”