Ya sea en el ámbito social o personal, existe en nosotros una tendencia más o menos marcada a compararnos con los demás, un proceso natural que nos ayuda a definirnos. Como seres sociales, es inevitable que en algún momento nos comparemos con los demás para hacer una evaluación de nosotros mismos. Observando y analizando cómo actúan o piensan los otros, nos hacemos una idea de cómo nuestros comportamientos o pensamientos están siendo adecuados o aceptados.

Es inevitable. Desde que nacemos, nos enseñan a tomar puntos de referencia para construir nuestra propia identidad. “Al nacer, pesaste más que tu hermano”… “Tienes más juguetes que tu amiga”… En la escuela muchos maestros también utilizan el recurso de poner como modelo a algunos alumnos, para que los demás los emulen. Parecemos destinados a crecer siempre en función de lo que otros son y no de lo que nos hace únicos.

La comparación con otros es inevitable, es inmanente a nuestra condición de humanos. Somos seres sociales y resulta imposible concebirnos como islas, que ignoran a los demás como puntos de referencia. Ese contraste que hacemos entre nosotros mismos y los otros puede ser muy positivo: nos permite entender que cada cual es diferente. De ese reconocimiento nace la virtud de la tolerancia.

Cada persona es única. No hay dos personalidades iguales. Todos tenemos una forma distinta de sentir, actuar, pensar, tomar decisiones. Tenemos genes diferentes; una historia de vida que muchas veces no tiene nada que ver con la de los demás; una formación distinta; habilidades disímiles. Todos somos buenos en algo, pero no todos somos buenos en lo mismo. Si el entorno nos presiona para que encajemos o cambiemos, quizá sea el momento de reconocer y valorar aquello que nos hace únicos. 

Desafortunadamente, la sociedad tiende a buscar la homogeneización. Cánones estéticos ideales, habilidades, actitudes y rasgos de personalidad que, de un modo u otro, se nos exigen. Parece no haber espacio para la diversidad, pese a lo enriquecedora que ésta resulta. Hay un camino genérico trazado al que hemos de adherirnos si queremos ser reconocidos. 

Si de verdad queremos ser felices, no caigamos en la tentación de comparar nuestro tiempo con otros momentos del pasado, que a su vez no supimos valorar porque los comparábamos con los momentos que habían de llegar. En este sentido, la comparación es el arte de amargarnos la vida. No hay mayor desenfoque que éste, en un mundo en el que la comparación es una costumbre, clasificándonos como más o menos inteligentes, más o menos guapos, con más o menos éxito.

El ser humano tiene la capacidad única de comparar, es una gran habilidad mental. Necesitamos saber qué lugar ocupamos en el mundo o en un grupo. La comparación es ascendente o descendente cuando nos comparamos respectivamente con alguien que consideramos superior o inferior en algún aspecto. Se puede elegir no hacer ninguna comparación, o hacerla en función del nivel de nuestras aptitudes, comparándonos con alguien más similar.

Somos únicos e irrepetibles. Lamentablemente son los demás quienes, a veces, nos comparan. Pero si uno se siente bien, no tiene por qué ser como los demás desean. Las comparaciones son perjudiciales, cada cual es como es y lo más importante es tener la capacidad de centrarnos y explotar lo bueno que tengamos, dejando de lado los puntos débiles, o en todo caso, trabajar para mejorarlos, si así lo deseamos nosotros y no porque nadie nos lo diga o exija. Lo importante no es ser mejor que el otro, es ser mejor que ayer.

Nos guste o no, la realidad es que los seres humanos obtenemos la felicidad -y su antítesis- por comparación. Por suerte o por desgracia, siempre nos medimos con un marco de referencia, y es nuestra posición en el mismo la que determinará nuestro grado de felicidad. Y realmente no es extraño considerando que vivimos en sociedades individualistas y competitivas. 

“Un cuervo vivía muy feliz en el bosque. Pero, de repente, vio en el lago un ave hermosamente blanca: era un cisne. Y le dijo: -Eres tan hermoso, me encantaría poder vivir tu vida. Y el cisne le respondió: -Hay alguien mucho más lindo, un perico, que tenía dos colores muy brillantes. -Lo buscaré, dijo el cuervo, y salió volando hasta que lo encontró. -Tenía razón el cisne; son colores maravillosos; pareces una obra de arte! Seguramente eres el ave más afortunada de la tierra. El perico sonrió pero dijo: -He visto a un pavo real; él sí que es un ave majestuosa, yo quisiera ser como él. 

El cuervo voló al zoológico. Al ver el pavo real quedó atónito con su belleza. -Eres mágico, fascinante a la vista; seguramente serás el ave más feliz del mundo!

-Ay cuervo, yo siempre pensé que era el ave más bonita y feliz. Pero, por mi belleza, estoy atrapado en esta jaula. Recorriendo el zoológico me he dado cuenta que al único a quien no ponen en jaulas es al cuervo. Si yo fuera como tú volaría libremente, sería testigo de todas las maravillas y viviría feliz.

El cuervo aprendió, entonces, que compararse con los demás lo hacía sentirse menos, además de no valorar su verdadero tesoro: la libertad! Algo que, a veces, los humanos no terminamos de entender”

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