Es un secreto a voces que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano y que, según van pasando los años, pesa más la calidad de nuestras relaciones que la cantidad. Por eso decimos que con el tiempo se aprende a querer más pero a menos gente.

Las experiencias de la vida nos "obligan" a hacer más selecto nuestro círculo social, y a manejar las distancias y proximidades de manera más precisa y acorde a nuestras necesidades. No es que nos volvamos huraños o antisociales, sino que en realidad no nos interesa tanto tener personas alrededor sino rodearnos de quienes en verdad nos importan.

Con esto tienen mucho que ver las decepciones, pero también las circunstancias vitales. No tenemos el mismo tiempo de antes para relacionarnos; además, las prioridades cambian y eso es lo que nos aboca a ser más selectivos. Cada año que pasa nos ayuda a poner la calidad sobre la cantidad. Terminamos seleccionando y anteponiendo a aquellas personas con las que cuadramos mejor y que sentimos que nos aportan un bienestar más pleno en todos los niveles: social, emocional, cognitivo.

Nuestro concepto de amistad va cambiando a lo largo de la vida. Generamos un grupo de referencia, unas personas a las que seguimos y con las que nos medimos y relacionamos, compartiendo pensamientos, sentimientos, intereses varios. Buscamos alguien con quien charlar y con quien avivar nuestras inquietudes personales y psicosociales. Damos prioridad al estar a gusto, el sentirnos queridos e importantes, el cuadrar en intereses y pensamientos, en estimular nuestra mente a partir de debates y en manejar nuestro mundo de una manera mucho más madura.

A medida que crecemos, la mayoría de las personas modificamos la manera de enfocar las relaciones sociales, especialmente las cercanas. En la edad adulta solemos preferir lo bueno a lo mucho. No tenemos tanto tiempo, nos divertimos menos y el tiempo que compartimos nos gusta pasarlo con personas que nos enriquezcan. Nos hacemos más conscientes de la importancia de ser sinceros con nosotros mismos y de la honestidad en nuestras relaciones. Libres de urgencia y falsedad nos permitimos hacer de nuestro contexto más directo una fuente de buenas sensaciones y no de continuos agravios.

Realmente las amistades que nos gustan y nos suman son aquellas que no tienen la necesidad de hacerse cien fotos y subirlas a las redes sociales. Que no tienen miedo de aliviar sentimientos o de aclarar malos entendidos. Porque en una amistad hay de todo, incluso discusiones si tiene que haberlas. Se convierten en uniones profundas alejadas de interiores ocultos o inquietudes enmascaradas. Quizás mantengamos relaciones que rozan lo absurdo y las prolonguemos durante demasiado tiempo por la simple comodidad de no terminar con ellas. A veces, poner límites a nuestra paciencia abre nuestra tolerancia hacia asuntos que sí se la merecen. 

Son muchas las personas que buscan rodearse de relaciones que les aporten fama, popularidad o contactos. De esta manera, las relaciones se desnaturalizan y se convierten en un medio artificial para conseguir otros propósitos. A medida que pasan los años, los parámetros de la amistad cambian. Las personas que tenían muchos amigos en su juventud y pocos, unos años después, pero de mejor calidad, mostraron mayor salud psicológica en la adultez. La importancia que le damos a la amistad se mantiene constante a lo largo de la vida, pero en cada una de las etapas se manifiesta de una forma u otra.

La soledad a veces es una buena compañera que nos permite conocernos y aceptarnos, pero en algunas ocasiones es necesario superar el aislamiento y salir fuera. Los verdaderos amigos nos harán sentirnos acompañados, acunados, arropados. Para ser felices necesitamos relacionarnos con otras personas. Es difícil ser plenamente feliz sin haber experimentado la amistad de verdad. Esa que se forja con el tiempo, con años de compartir cosas buenas y malas. Cuando un amigo está en peligro, la actividad cerebral y cardíaca de su par se activa de la misma manera. Por tanto, nuestro verdadero amigo irá con nosotros hasta el final.

"Dos amigos iban caminando por el desierto. En algún punto del viaje comenzaron a discutir, y uno le dio una bofetada al otro. Lastimado, pero sin decir nada, el que recibió la agresión, escribió en la arena: "Hoy mi mejor amigo me dio una bofetada."

Siguieron caminando hasta que encontraron un oasis, donde decidieron bañarse. El amigo que había sido abofeteado comenzó a ahogarse porque no sabía nadar; al verlo su amigo, se arrojó sin dudar al agua y lo salvó.

Después de recuperarse, el amigo salvado escribió en una piedra: "Hoy mi mejor amigo me salvó la vida."

Intrigado, su amigo le preguntó: -¿Por qué después de que te golpeé, escribiste en la arena y ahora, en cambio, lo escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro le respondió: -Cuando un amigo nos ofende, debemos escribirlo en la arena, donde el viento del olvido y del perdón se encargarán de borrarlo y hacerlo desaparecer. Pero cuando hace algo bueno por nosotros debemos grabarlo en piedra, donde ningún viento pueda borrarlo."

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Lic. Aldo Godino

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