Hay personas acostumbradas a cargar pesos que no son suyos. Sólo ansían resolver los problemas ajenos, convirtiéndose, en ocasiones, en figuras intrusivas. Son hombres y mujeres ansiosos por salvar, por rescatar y llevar sobre sí mismos realidades que no les pertenecen, pero que sienten como propias.

Hay una delgada línea entre “apoyar” a alguien y querer “arreglarlo”. Sin embargo, son muchos los que no pueden evitar esa conducta-necesidad: la de ser el que alivia sufrimientos y resuelve toda dificultad ajena. Hay padres, madres, hermanos y amigos que, en su intento por hacer lo mejor por nosotros, terminan cruzando la frontera entre la ayuda que sirve y la ayuda que molesta. 

Quienes necesitan, obsesivamente, resolver problemas ajenos, en general son personas con baja autoestima, que refuerzan su autoconcepto cuando logran ser auxilio de los demás. Ayudar a otros es lo que fortalece su identidad y el hecho de no sentirse útiles o de que los demás denieguen su ayuda lo viven de manera trágica. Por otra parte también aparece, en ocasiones, la necesidad de control. 

Saber ayudar es un arte que tiene, como principal componente, el respeto y la comprensión. Sin embargo, este tipo de personalidad, que vuelca todos sus esfuerzos en los demás, muchas veces lo hace con el fin de obtener aprobación, ser aceptado y querido. Este estilo está definido como “sociotropía”, un desesperado intento de ser aceptado, evitar la soledad y sentirse valorado en cada una de sus acciones. Lo más problemático de este rasgo de carácter es que suele evidenciar tarde o temprano más de un problema psicológico. Ansiedad, depresión, relaciones codependientes, apego poco saludable, baja autoestima. 

La presencia de hombres y mujeres sociotrópicos, siempre vulnerables, inseguros y eternamente necesitados de consideración ajena, navegan de manera frecuente en el universo de la depresión. Son personas satélite orbitando alrededor de otras, de manera devota, con el fin de obtener validación, sentirse integradas, aceptadas y reconocidas. Es justo lo contrario de la autonomía personal. 

Uno de los rasgos esenciales es la obediencia a los mandatos de la familia, la escuela, la iglesia, la sociedad y cualquier autoridad o norma. Esto resulta, muchas veces, problemático. La persona con este tipo de personalidad es muy vulnerable a la represión, la ansiedad y el sufrimiento en general. El sujeto está más enfocado en responder a las demandas del entorno que en reconocer y gestionar su propio deseo. Se podría decir que es una negación extrema de la individualidad. Quienes lo ven desde fuera, lo que aprecian es a una persona madura, equilibrada, conciliadora, amable y correcta. Quienes lo viven desde dentro, sienten malestar, pero casi nunca saben por qué; les cuesta reconocer que su forma de actuar les perjudica.

La personalidad “complaciente” dirige sus comportamientos en favor de un único objetivo: conseguir la aprobación de todos. La mirada hacia el exterior predomina a la hora de percibir y de tomar decisiones. Las personas supeditan lo que piensan, quieren o sienten a la satisfacción de una necesidad: ganar la simpatía de los demás. Lo que hay en la esencia de la personalidad complaciente es miedo al conflicto, al rechazo y al abandono. No actúa en función para reafirmar su yo, sino de evitar que su conducta provoque las reacciones a las que teme. Lo más difícil es que comprendan en dónde está la frontera entre ser gente sumamente agradable y empática, y renunciar a ser ellos mismos en función de agradar y no enojar a los demás. Para encontrar ese límite deben reorientar la relación que tienen consigo mismos. En ese sentido, podemos ser condescendientes a propósito de un temor, pero también bajo la lógica de agradarle al resto. Podemos estar reaccionando por miedo o porque le atribuimos al otro el sentirnos valorados y queridos. 

“Seguramente has viajado en avión al menos una vez en tu vida. Y sin lugar a dudas recordarás que, cuando todos los pasajeros toman asiento y se cierran las puertas de la aeronave, los auxiliares de vuelo empiezan a explicar las medidas de seguridad que deben tenerse en cuenta durante el vuelo.

Cómo abrochar y asegurar el cinturón de seguridad, cómo ponernos e inflar los chalecos salvavidas, dónde están las salidas de emergencia. Y por último, cómo reaccionar si, en caso de una emergencia o una despresurización de la cabina, llegasen a desprenderse del techo las máscaras de oxígeno.

Son enfáticos en advertirnos que primero debemos ponernos nuestra máscara y luego ayudar a alguien más. Sin importar quién esté a nuestro lado. Siempre debemos ponernos la nuestra y luego asistir a los demás. 

Es obvio que para poder ayudar a otros, primero debemos asegurarnos de sobrevivir. Creo que nadie pone en tela de juicio esta explicación. Ahora, si esta indicación es tan lógica y tan clara al momento de viajar en un avión, ¿por qué a veces en la vida nos ponemos a ayudar a otras personas, a darles gusto a otros y a hacerle favores a todo el mundo antes de ayudarnos primero a nosotros mismos?”

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