Cada vida es una obra de arte construida con todos los medios disponibles. En ella hay buenos y malos momentos, hay luces y sombras, herramientas que nos permiten crear existencias mucho más bellas, resistentes y felices. Ese conjunto de atributos o habilidades no siempre nos viene dado ni nos lo enseñan. El bienestar psicológico es un ejercicio de hábitos de autocuidado, de resiliencia y hasta estrategias de inteligencia emocional. Todo ello son amortiguadores del sufrimiento, canales de oxígeno ante el malestar, tonalidades que permiten ver la vida desde prismas más amplios.

Todo debería focalizarse en hacer que una persona sea capaz de reconocer y estar consciente de sus fortalezas personales, para que podamos apoyarnos en ellas a la hora de abordar objetivos y superar dificultades. No podemos enfocarnos solamente en señalar lo que hay que mejorar, sino en reconocer lo bueno que ya existe, para potenciarlo y sacarle provecho. Dicho en otras palabras: es conveniente que la persona no solo exprese sus inquietudes y aprenda a identificar aquello que le incomoda, molesta y duele, sino que aprenda a identificar y ser consciente en qué es verdaderamente buena y cómo puede apoyarse en ello para tener una mejor calidad de vida en general. No solo a la hora de superar una dificultad.

Las fortalezas son técnicas personales para afrontar todo aquello que nos limita y que nos impide potenciar las habilidades y las capacidades propias. Trabajar desde los puntos fuertes es mucho más útil que centrarse solamente en intentar mejorar las debilidades. ¿Si tenemos que mejorar esto y aquello todo el rato, cuándo nos paramos a identificar y reconocer aquello que sí hacemos bien y que nos puede ayudar a sentirnos mejor con nosotros mismos? La autoestima , la confianza en uno mismo, la capacidad de perdonarnos, la resiliencia, la creatividad y muchas otras cosas están en nuestro interior y debemos ayudarlas a aflorar.

A partir del momento en que descubrimos las fortalezas, no importa que el viento esté en nuestra contra, avanzamos a pesar del miedo y las dificultades. Lamentablemente, gran parte de nosotros somos jueces inexpertos sobre nuestras valías. Hay quien las magnifica y hay quien las infravalora. Sin embargo, hay recursos que no conocíamos. Hemos aprendido a manejar nuestras emociones, a lidiar con el dolor, a alimentar una vez más la esperanza e incluso la motivación. Cuando descubrimos nuestras fortalezas cambiamos nuestra realidad.

Cuando nos atrevemos a creer en nosotros, tomamos decisiones valientes. Solo entonces cambia nuestra realidad y nos abrimos camino sin miedos, sin temor a lo que digan otros, sin angustia por lo que pueda pasar. La autoconfianza nos permite crecer en la dirección que elegimos. Solo entonces avanzamos, sorteando obstáculos, quitando pesos de nuestra mochila, dejando lo que duele para enriquecernos con lo que pueda llegar. Sabemos que cuando creemos en nosotros mismos nos sentimos más felices y seguros. “En el momento en que dudas si puedes volar, cesas para siempre de ser capaz de hacerlo” decía J.M. Barrie, creador del personaje de Peter Pan.

El primer paso para brillar con luz propia es el reconocimiento de las propias fortalezas personales. Solo cuando clarificamos qué nos motiva, cuáles son nuestros propósitos y qué es importante para nosotros, hallamos ese impulso para hacer frente a toda adversidad. Por ello, estas fortalezas de significado se materializan en una serie de dimensiones muy concretas que todos deberíamos despertar, iluminar en nuestro interior. 

Tener propósitos. Ser optimistas. Determinar qué nos ilusiona. Clarificar nuestros valores. Saber a quién amamos, quiénes son esas personas relevantes en nuestra vida. Diría Viktor Frankl: “Aquellos que tienen un por qué para vivir, pueden soportar casi cualquier cómo”. Y no como islas solitarias, navegando en este complejo mundo sino como seres orientados a convivir entre nosotros.

“Un mendigo había estado sentado más de treinta años a la orilla de un camino. Un día pasó por allí un desconocido.

-Una monedita, murmuró mecánicamente el mendigo, alargando su cuenco.

-No tengo nada que darle, dijo el desconocido. Y después preguntó: ¿Qué es eso en lo que está sentado?

-Nada, contestó el mendigo. Sólo una caja vieja. Me he sentado en ella desde que tengo memoria.

-¿Alguna vez ha mirado lo que hay dentro?, preguntó el desconocido.

-No, dijo el mendigo. ¿Para qué? No hay nada dentro.

-Échele una ojeada, insistió el desconocido. 

El mendigo se las arregló para abrir la caja. Con asombro, incredulidad y alborozo, vio que la caja estaba llena de oro.

Ahora yo soy el desconocido que le dice a usted que mire dentro. No dentro de una caja como en la parábola, sino en un lugar aún más cercano, dentro de Ud. mismo.

Los que no han encontrado su verdadera riqueza, son mendigos, incluso si tienen mucha riqueza material. Buscan afuera mendrugos de placer o de realización para lograr la aceptación, la seguridad o el amor, mientras que llevan “dentro” un tesoro que no sólo incluye todas esas cosas sino que es infinitamente mayor que todo lo que el mundo pueda ofrecer.”