El camino de la vida se hila a veces con la magia de una u otra coincidencia. Hay algunas que para muchas personas van más allá de la simple casualidad. Es la “suerte” trazando una ruta, es esa sincronicidad que, a menudo, nos deja asombrados al no poder dar una explicación lógica a lo sucedido. Todos, de algún modo, hemos vivido algo de estas características.

Las coincidencias nos dan una valiosa oportunidad para reflexionar sobre nosotros y lo que nos rodea. Así, en ese frenético rumor de nuestra cotidianidad, tan lleno de presiones, rutinas y obligaciones, el que de pronto nos encontremos con ciertas personas o ciertos detalles inesperados, hace que el mundo se detenga por un instante. Es ese momento en el que nos dejamos abrazar por lo imprevisto y nos deleitamos con una bocanada de sabor a magia.

De todos modos, además de este matiz, hay otro más relevante: todo hecho “casual” puede esconder la puerta a una oportunidad. Isaac Asimov afirmaba que “no experimentar nunca una coincidencia inusual es mucho más inusual que la propia coincidencia en sí”. Las coincidencias son una extraña paradoja. Por un lado, y a simple vista, nos parece un tema bastante irracional. Sin embargo, una buena parte de los descubrimientos más asombrosos suelen partir siempre de asombrosas coincidencias.

Todos los eventos, coincidentes o sincronizados, generan impacto y nos invitan a una profunda reflexión sobre el misterio de la vida a fin de no perder una oportunidad. Porque una coincidencia no examinada o aprovechada es como una carta sin abrir; nunca sabremos que decía para nosotros.

La persona que, rara vez, mira a su alrededor, que no propicia cambios en su rutina, que se caracteriza por tener una mente inflexible difícilmente apreciará ni dará forma a algunos fenómenos significativos; se necesita apertura, curiosidad, capacidad para observar. Las casualidades se dan para que seamos capaces de aprovechar las oportunidades que nos ofrecen.

Cuando creemos que no tenemos oportunidades es porque, en realidad, no las vemos. Sólo percibimos una parte de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, sólo percibimos aquello que está acorde a nuestro momento vital. Cuando estamos preparados, y ponemos toda nuestra atención y nuestra energía en algo, es entonces, cuando nos damos cuenta de que hay oportunidades para nosotros. 

En la mayor parte de los casos, las “casualidades” ocurren por “causa” de nuestro esfuerzo, nuestro aprendizaje y nuestra búsqueda. La suerte tampoco es casualidad, sino que proviene toda de la “causalidad” de lo que hemos hecho para que nos llegue. Todo aquello que merecemos o necesitamos aparecerá delante de nosotros; la vida nos lo está ofreciendo porque estamos preparados.

Decía Einstein que, en medio de toda dificultad, se encuentra una oportunidad. Sin embargo, si el ánimo no acompaña y nuestra mente se halla atrapada en el laberinto de la ansiedad, no es fácil descubrirlas. El arte de saber aprovechar la oportunidad en el momento adecuado se relaciona de manera directa con el área del crecimiento personal. A todos nos gustaría, sin duda, disponer de esa capacidad para ver puertas abiertas cuando ante nosotros solo hay ventanas cerradas. Es también, un enfoque mental habilitado para ver destellos de esperanza entre las grietas de la adversidad.

Oportunidad es, por encima de todo, ser capaces de generar un cambio que nos ofrezca bienestar, que suponga un progreso a nivel emocional y personal. No siempre las podemos prever ni anticipar y, en ocasiones, cuando las tenemos ante nosotros no podemos verlas porque no estamos preparados. La preocupación, la ansiedad o el desánimo nos impiden ver esas cerraduras tan propicias para el cambio. Tendremos que saber encontrar las oportunidades incluso entre las grietas de la adversidad. 

“Un hombre recibió una noche la visita de un ángel, quien le comunicó que le esperaba un futuro fabuloso. Se le daría la oportunidad de hacerse rico y de casarse con una mujer muy hermosa.

Ese hombre se pasó la vida esperando que los milagros prometidos llegasen, pero nunca lo hicieron, así que al final murió solo y pobre.

Cuando llegó a las puertas del cielo vio al ángel que le había visitado tiempo atrás y protestó: -Me prometiste riqueza y una bella esposa. ¡Me he pasado la vida esperando en vano!

-Yo no te hice esa promesa, replicó el ángel, te prometí la oportunidad de riqueza y una esposa hermosa.

El hombre estaba realmente intrigado. -No entiendo lo que quieres decir, confesó.

-¿Recuerdas la vez que tuviste la idea de montar un negocio, pero el miedo al fracaso te detuvo y nunca lo pusiste en práctica? El hombre asintió con un gesto. -Podrías haber sido rico.

-¿Recuerdas aquella hermosa mujer pelirroja, que te había atraído tanto? La creías incomparable a cualquier otra y nunca conociste a nadie igual. Sin embargo, pensaste que tal mujer no se casaría con alguien como tú y para evitar el rechazo, nunca llegaste a proponérselo. Podrías haber tenido una familia. 

El hombre volvió a asentir, pero ahora con lágrimas.

Tenemos una ventaja sobre el hombre del cuento: ¡Aún estamos vivos!”

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