En un mundo donde gran parte de las cosas escapan a nuestro control, debemos aprender a tener bajo nuestras riendas esas áreas que sí dependen de nosotros. En realidad son varias, más de las que pensamos de hecho. Pero, lo decisivo es controlar nuestros estados emocionales. La palabra autocontrol, suele ser equiparada sólo con limitación de conductas inconvenientes. Sin embargo, trabajar esta habilidad tiene que ver con incorporar conductas que influyan en la probabilidad y manera en que sucedan otras.

La Odisea aseguraba que quien escuchara el bello canto de una sirena tendría un final inevitable: morir ahogado en las profundidades del mar. Sólo Ulises logró vencer esa tentación tan poderosa mediante una estrategia: el autocontrol forzado. Ordena a su tripulación taparse los oídos. Sin embargo, él deseaba escuchar el famoso canto de las sirenas y por ello, decide atarse al mástil y pedir a sus marinos que, mientras atravesaban esa zona, no lo desataran, aunque él mismo lo ordenara.

Amarrarse a ese mástil era un “mecanismo de autocontrol forzado” para no ceder a la tentación. A pesar de exponerse a ella por curiosidad, logró contenerse. De algún modo, también nosotros debemos hallar un mástil en el día a día para no caer en el impulso y el poder de los deseos.

Somos humanos y es muy fácil caer en las tentaciones. Nos dejamos atrapar por estímulos atractivos: ropa, comida, bebida o tecnología. El mundo es como un océano donde siempre se escucha de fondo, el irresistible canto de las sirenas. La mayoría intentamos poner límites, aplicar alguna estrategia que nos impida perder el control por completo. Nuestro bienestar depende muchas veces de nuestra habilidad para aplicar estrategias de compromiso previo para no dejarnos llevar por conductas impulsivas, hacer uso del autocontrol para no caer en conductas contraproducentes.

Una gran parte de nuestras acciones diarias están precedidas por los dictados de nuestra voluntad, sin embargo, en ocasiones no sucede así, no hacemos lo que queríamos hacer o hacemos lo que no queríamos. En gran parte suelen confluir fuerzas emocionales, tanto positivas como negativas, que afectan a nuestra decisión impulsándola o rechazándola. La lucha entre lo que la razón nos dice que deberíamos hacer y lo que la emoción nos incita a hacer, genera tensiones internas que pueden modificar la voluntad y suprimir la acción.

Somos seres emocionales y no siempre llevamos a cabo conductas razonadas. Los impulsos mandan, las emociones guían nuestras reacciones y no es fácil poner en práctica el autocontrol cuando los estímulos son tan atractivos. El autocontrol es esa capacidad que nos facilita dominar los impulsos, las emociones y nuestro comportamiento. Va más allá de la fuerza de voluntad. 

Para regular nuestras emociones, impulsos o pensamientos hacen falta estrategias y unas pautas muy concretas. Sabemos que esta competencia es imprescindible para nuestro bienestar. Podemos lograr, por ejemplo, ser más productivos en el trabajo, alcanzar esa meta que tenemos en mente e incluso disfrutar de unas relaciones sociales más enriquecedoras. El autocontrol se entrena y para ello necesitamos conocernos. Cada uno debe saber qué desea alcanzar y qué situaciones o desencadenantes son los que hacen que dejemos el timón a los impulsos y no a la razón. 

“Un día, el gran maestro le dijo a sus discípulos: -Atiendan un momento, quería pedirles una cosa… Soy viejo ya y es deber de ustedes ayudarme a sobrevivir de la mejor manera posible. No tengo dinero, y lo necesito.

Uno dijo: -Pero maestro, con lo poco generosos que son aquí… ¿cómo conseguiremos reunir el dinero?

-Sí, ya sé que la forma más natural de conseguir el dinero es pidiéndolo, pero hay otra forma… ¡tomándolo! Es una especie de paga por nuestros servicios… Lo que pasa es que yo soy mayor y no puedo hacerlo, pero ustedes son jóvenes… No es muy difícil, solo tienen que elegir a algún hombre rico y apropiarse de su bolsa en algún lugar en donde nadie los vea y sin hacerle daño.

Al principio todos se quedaron un tanto sorprendidos de que su maestro les pidiera robar, pero al cabo de un rato, la mayoría de los discípulos estaba conforme con la petición: -Claro, maestro, por ti haremos todo lo que haga falta. 

Sin embargo, uno de los discípulos se mantenía en silencio. El maestro, al darse cuenta, preguntó: -Todos tus compañeros son muy valientes y han decidido ayudarme con el plan. Pero tú, sin embargo, no dices nada. ¿Por qué?

-Lo siento, maestro. Tú mismo dijiste que buscáramos un lugar en donde nadie nos viera robar… pero no existe tal lugar. En cualquier lugar en donde yo esté mi YO me verá robar. Preferiría mendigar que permitir que mi Yo vea que hago algo con lo que no estoy de acuerdo.

El maestro entonces sonrió y dijo muy contento: -Me enorgullece comprobar que al menos uno de mis discípulos lo ha entendido todo.

Desde entonces, cada vez que escuchaban en su cabeza un pensamiento indigno, o sentían tentaciones de obrar mal, recordaban eso que su compañero dijo: ‘Mi Yo me ve’.”

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Lic. Aldo Godino

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