La vida no es perfecta, y tampoco es controlable. Está repleta de situaciones y desenlaces que se alejan, en gran medida, de nuestras expectativas. Forma parte de nuestro proceso madurativo aprender a aceptar y gestionar esta realidad. No obstante, cuando esto no se logra y crecemos con una baja tolerancia a la frustración, habremos de hacer frente a mucho sufrimiento.

Aunque nos insistan en que debemos trabajar duro para lograr nuestros sueños, esta fórmula no siempre se cumple. “El que quiere, puede” no es un principio categórico. Hay trenes que no vuelven a pasar y montañas en las que nunca haremos cumbre. 

Vivimos en una sociedad habituada a convencernos de que podemos lograr lo que deseemos. Basta con esforzarse, con desearlo mucho, con mantener la esperanza. Sin embargo, tarde o temprano, llegamos a un punto en el que acumulamos una parte de los sueños no logrados. 

En esta cultura de “eres lo que consigues” o “nada es imposible”, asumir que hay metas que nunca conquistaremos puede ser frustrante. Más aún, lo no logrado puede alterar la visión que tenemos de nosotros mismos, hasta el punto de vernos falibles o defectuosos. La presión social puede hacer que tengamos una visión negativa de nosotros mismos cuando no logramos aquello que otros esperaban de nosotros. Vincular el autoconcepto y la autoestima solo a los objetivos alcanzados puede ser en ocasiones muy peligroso.

Todos albergamos sueños truncados en el sótano de los horizontes perdidos. De hecho, rara es la persona que ha logrado uno por uno, todos los puntos en su listado de objetivos de vida. Y que sea así, es completamente normal. Ver que, en nuestro presente, no están muchas de esas realidades que una vez soñamos de niños, es algo por lo que la mayoría acabaremos transitando. 

Ahora bien, es cierto que dicha experiencia no es fácil de asumir sobre todo cuando hemos sido educados para el triunfo. Hay personas que, llevadas por la presión social y familiar, se perciben ahora mismo como un fracaso andante. Muchos padres, sin importar la cultura, arrastran sueños no logrados que esperan que sus hijos conquisten por ellos. 

Thomas Edison dijo que “muchos de quienes fracasan son personas que no se dieron cuenta de lo cerca que estaban del éxito cuando se dieron por vencidos”. El mensaje resulta inspirador, es cierto. Sin embargo, analizado en detalle y con adecuada perspectiva, puede ser demoledor. Porque a veces en el viaje de la vida hay que saber cuándo darse por vencido para no seguir a los cabezazos contra la pared. Tener claro cuándo rendirse y dar un paso atrás también requiere valentía e inteligencia. Es más, aunque la perseverancia sea una virtud que todos deberíamos cultivar, entender cuándo parar y calibrar perspectivas es un ejercicio de bienestar psicológico.

Nos han enseñado lo maravilloso que es tener éxito, pero, curiosamente, nadie nos ha explicado cómo lidiar con el fracaso. Los sueños que no hacemos nuestros, se transforman en heridas no curadas capaces de dañar nuestro autoconcepto. No podemos controlar todas las variables en el viaje de la vida, en la escalada de nuestras montañas personales. Siempre hay conflictos que todo lo alteran y límites que uno encuentra en sí mismo y que le obligan a volver sobre sus pasos. Sin embargo, nada de eso supone el fin del mundo.

Saber ajustar objetivos, autorregular la sensación de fracaso y reorientar nuestras metas y expectativas, tras no concretar algo, es la mejor herramienta de vida. En medio de esas circunstancias hallaremos nuevos caminos capaces de conducirnos a escenarios maravillosos. Al fin y al cabo, el sendero hacia la autorrealización casi nunca es una línea recta.

La frustración aparece cuando un deseo, un sueño, un objetivo o una ilusión no pueden conseguirse, al menos en ese momento, por mucho que nos esforcemos. Es la manera más clara que tiene el mundo de hacernos entender que, por desgracia, no siempre es un lugar justo. Así lo decía Alejandro Jodorowsky: “La frustración está provocada por una sociedad que nos pide ser lo que no somos y nos culpa de ser lo que somos.”

Es ingenuo creer que podemos obtener todo lo que deseamos en cada momento y que nunca enfrentaremos una adversidad. Ni las personas ni los acontecimientos giran alrededor de nuestra persona. Es completamente lícito tener sueños y anhelos, desear que se cumplan y trabajar para lograrlo. Pero también hay que comprender que las circunstancias son cambiantes y que es necesario saber adaptarse a dichos cambios,  encontrar una alternativa o una ayuda.

“Un padre estaba observando a su hijo adolescente que trataba de mover una maceta muy pesada. El joven se esforzaba, sudaba, pero no conseguía desplazar la maceta ni un milímetro.

-¿Has empleado todas tus fuerzas?, le preguntó el padre.

Casi llorando el muchacho respondió -Sí, he puesto lo mejor de mí y, sin embargo, mis esfuerzos se han visto frustrados.

-No, replicó el padre. Ésta no es una frustración sino un aprendizaje. Usaste toda tu fortaleza pero aún no me has pedido que te ayude.”

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