Estamos transitando la cultura del bienestar. Una cultura que, constantemente, nos manda mensajes diciéndonos: “pase lo que pase, sonríe”, “piensa en positivo para que te pasen cosas buenas,”, “evita sentirte mal”, “elimina de tu vida aquello que no te gusta”. Parece que, socialmente, estamos en una dinámica de “todos contra el dolor”. Una lucha constante para ganar al sufrimiento y desterrarlo para siempre. Las personas quieren sentirse bien y sin que le ocasione mucho esfuerzo.

La trampa de buscar constantemente la felicidad como objetivo prioritario, de evitar el dolor o incluso dominarlo, atrapan a la persona en un círculo vicioso. El esfuerzo de intentar controlar lo incontrolable es una lucha que desgasta. La vida y el sufrimiento van en un mismo paquete. El sufrimiento duele, duele muchísimo, pero no mata. Con cierta perspectiva nos daremos cuenta de que nadie ha muerto de sufrimiento, pero sí por intentar evitarlo.

Probablemente hayamos escuchado aquello de que el dolor es inevitable y el sufrimiento opcional. Pero es posible que esta afirmación nos haya despertado cierta confusión y rechazo. Y es que no siempre nos resulta sencillo diferenciar entre dolor y sufrimiento.

La primera diferencia es su origen. El dolor es una reacción natural ante un suceso inesperado y desagradable. Si fallece un ser querido, si perdemos una relación importante o si quedamos sin empleo es normal que el dolor aparezca. En general cualquier pérdida significativa, cualquier situación en que nuestras expectativas se rompan nos generará este sentimiento. Sin embargo, será una emoción con la que podremos lidiar sin mayores dificultades. En cambio, el sufrimiento es un estado que nosotros creamos al resistirnos al dolor. Nos incomoda pelear con emociones negativas y por eso nos resistimos a ellas. Tratamos de eliminarlas lo más rápidamente posible y, al no lograrlo, surge el sufrimiento.

Ya que el dolor es una reacción natural, este dura un tiempo limitado. Surge en respuesta a una circunstancia concreta y se va mitigando poco a poco. Afirmar que el tiempo lo cura todo es cierto si nos referimos al dolor, pero no cuando hablamos de sufrimiento. El sufrimiento se basa en la resistencia, y es precisamente esta actitud la que nos impide salir de la oscuridad. Para eliminar una emoción negativa es imprescindible aceptarla, sentirla y atravesarla. Cuanto más empeño ponemos en negar o reprimir nuestras emociones, más fuerte se vuelve el malestar.

La frase “lo que no te mata te hace más fuerte” es sólo parcialmente real. Para poder salir fortalecido de una adversidad es necesario llevar a cabo una reflexión que le otorgue sentido. El dolor nos fortalece en tanto que nos permite hacer una retrospectiva de nuestras acciones y redirigir nuestro rumbo. El sufrimiento nos destruye: dejamos de ser conductores y pasamos a ser pasajeros, meros espectadores de lo que sucede a nuestro alrededor.

En las últimas décadas, el no querer sufrir se ha convertido en una consigna a la que muchos se adhieren sin reparar en lo que implica. Paradójicamente, nunca como ahora la depresión se ha convertido en una epidemia tan extendida. De uno u otro modo, el no querer sufrir se ha convertido en una enorme fuente de sufrimiento. Que nadie hable de sufrimiento, que nadie se lamente o muestre rasgos de pesimismo. Como si todos estuviéramos en una gran obra de teatro en la que estuviera prohibido el dolor. 

Se ha estandarizado el deseo de no querer sufrir. Por eso muchos acuden a consulta terapéutica para dejar de sufrir. No para entender el sentido de su sufrimiento y reelaborarlo, sino para eliminar el dolor. De este modo, al no conseguir este imposible, terminan renunciando a la psicoterapia. Logramos ser felices cuando aprendemos a extraer lo mejor de cada una de las experiencias que vivimos. Cuando aprendemos a confiar en que seremos capaces de afrontar, con altibajos, lo que nos dé la existencia. “Quien sabe de dolor, todo lo sabe”, afirmó Dante Alighieri.

“Dijo una ostra a su vecina: -Siento un gran dolor en mis entrañas. Es como un peso dentro de mí, que me está dejando completamente exhausta. Contestó la otra con presunción y regodeo: -Gracias al cielo y al mar, yo no siento dolores; estoy bien y me siento sana, por dentro y por fuera. 

Pasaba en aquel momento por allí un cangrejo y oyó la conversación de las dos ostras. Y dijo a la que se sentía bien y sana por dentro y por fuera: -Sí. Tú estás bien y te sientes sana. Pero el dolor que tu amiga lleva dentro de sí, es una perla de belleza extraordinaria”.

Dice Graham Green que “la perla es el fruto del sufrimiento, es la lágrima de la carne. Las ostras cuando son heridas transforman su carne en nácar y el producto de ello es la perla. Con las personas sucede lo mismo, son las heridas superadas, cubiertas de nácar, lo que origina la grandeza de las personas”

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Lic. Aldo Godino

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