En un mundo que fomenta que nos odiemos de las más diversas formas posibles, conservar la alegría y el amor es la verdadera revolución. Es la mejor forma de izar la bandera de nuestra forma de vivir, de nuestro inconformismo ante las injusticias, sin perder el ritmo que nos marcan las sonrisas, los abrazos y la atención humana y cálida. Proclamar la revolución de nuestra propia alegría. Sonreir, confundir a la gente que nos espera acompañada de la tristeza.

Es la hora de cuestionar la tristeza para hacer una revolución de la alegría. Sentir dolor en la vida es normal; transformar nuestra vida en sufrimiento, no. La actitud de eterno mártir no nos beneficia ni a nosotros ni a nadie de nuestro entorno. Es nuestra responsabilidad salir de esa dinámica de malestar. “Si exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, nuestros problemas perderían importancia” decía Anatole France. Además la alegría y la positividad son contagiosas.

Hay una gran cantidad de mensajes nocivos a nuestro alrededor que fomentan la agresividad, el egoísmo, la falsa moral y el consumismo sin control. Podemos demostrar que pese a todo lo malo vivido, nos empeñamos en mejorar y en hacer exportar un producto original que ni se compra ni se vende: la aceptación incondicional de nosotros mismos, el compromiso con las cosas que de verdad nos importan y la ausencia de interiorizar estereotipos y estigmas que no nos pertenecen. Ser libres es también alegría. 

“Communitas” es la emoción que deriva de nuestra alegría, al compartir tiempo con un grupo significativo de personas. Es un sentimiento de pertenencia enriquecedor en el que se respeta la identidad de cada uno. “Communitas” tiene en su ADN la felicidad, el dinamismo, las risas y la complicidad. Es una unión espontánea de seres que se aprecian y respetan, de figuras que disfrutan esos instantes de colectividad en los que un grupo es mucho más que las partes que lo conforman. Es la emoción que aporta armonía en un mundo en caos, fortaleza a los vínculos sociales, sensación de confianza y alegría en sentido más íntegro. Esta aleación luminosa nos aporta un inmenso bienestar: “Hay personas que no valen la pena, valen la alegría”. 

La alegría surge de dentro, no tiene nada que ver con el exterior. Rara vez la causan los demás, sino que está plenamente relacionada con nuestros pensamientos y emociones internas. Por eso, para conectar con esta emoción, es importante que practiquemos el “estar presente en cada cosa que hagamos” y experimentar los pequeños placeres del día a día. Fomentar la ternura y la curiosidad por nosotros mismos hace que sea más fácil acceder a nuestro interior y que la alegría surja de forma espontánea y expansiva. Ser alegres nos aporta tranquilidad, bienestar y amor. Nos invita a sonreír, a curiosear y a explorar nuestro entorno.

La alegría favorece el equilibrio entre mente y cuerpo y nos permite recuperarnos del estrés de nuestra vida diaria. Mantiene el equilibrio y procura el bienestar psicológico. La alegría ocurre espontáneamente: no es un sentimiento forzado ni planificado, surge de manera natural y no controlada. Empuja a querer compartir con los demás y a la cohesión social, es un nexo de unión entre las personas. Proporciona paz interna, aumentando la autoestima y la autoconfianza, fomentando sentimientos y pensamientos positivos.

La alegría es una energía que está en movimiento y permite emprender nuevos proyectos. Permite entrar en contacto con emociones placenteras: a menudo gastamos más tiempo tiempo quejándonos de lo que no tenemos, en vez de valorar lo que nos da la vida.

“Un día, un hombre ya mayor llamó a la puerta de un monasterio: -Por favor, me gustaría ser novicio y conseguir la paz interior junto a todos ustedes.

Los monjes lo miraron de arriba a abajo. Era muy mayor, pero… parecía tan entusiasmado con entrar al servicio del monasterio, que decidieron recibirlo junto a ellos. Le buscaron una tarea que pudiera realizar: la de mantener limpio el inmenso jardín del claustro. Y así, escoba en mano, el anciano novicio se dedicó desde aquel día a mantener ordenado y hermoso el jardín.

Pasaron las semanas, los meses y los años. Y él cada vez parecía más feliz. Tanto el abad como el resto de los monjes vieron un gran cambio en él: ahora parecía un hombre más sereno y equilibrado. Irradiaba luz y alegría. Sin duda, habitaba en él la paz interior. Siempre tenía una sonrisa para todos. Se mostraba en calma, inalterable. 

Un día, decidieron preguntarle: -¿Cómo logras esa paz y esa alegría que transmites si lo único que haces cada día es barrer el suelo?

Y él respondió muy sereno: -No hago nada especial. Cada día me preocupo en hacer muy bien mi tarea y pienso, mientras barro el suelo, que estoy barriendo la basura de mi corazón y la de todos. Cada día, no sé cómo, me siento más sereno, alegre y feliz conmigo y con los demás. Y es que está claro que tiene más alegría el que quiere que el que puede…”

Más notas de

Lic. Aldo Godino

El Edadismo: la discriminación de la edad

El Edadismo: la discriminación de la edad

Amor propio, para empezar a quererse

Amor propio, para empezar a quererse

El arte de saber aprovechar las oportunidades

El arte de saber aprovechar las oportunidades

Muchas personas dejan huella, no cicatrices

Muchas personas dejan huella, no cicatrices

La mentira siempre necesita complicidad

La mentira siempre necesita complicidad

Pequeños cambios, grandes transformaciones

Pequeños cambios, grandes transformaciones

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

Elogio a la fragilidad

Elogio a la fragilidad

Hay personas que no valen la pena sino la alegría

Hay personas que no valen la pena sino la alegría

El sufrimiento de no querer sufrir

El sufrimiento de no querer sufrir