Generalmente no hacemos un examen de conciencia acerca de la forma y el modo en cómo percibimos y analizamos la información que nos llega del mundo externo. Nos parece que podemos ver las cosas de una forma más objetiva y racional que los demás; nos sentimos más informados y claros que los otros. Como quien dice: “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”. Nos mostramos incapaces de reconocernos como portadores de prejuicios. Por contraste, notamos con agudeza los prejuicios y creencias de los demás. 

En general, las personas tendemos a valorarnos como por encima de los demás. Por lo mismo, nos consideramos más inmunes al error y confiamos de una manera ciega en muchas de nuestras apreciaciones. A la mayoría nos gusta vernos como grandes personas, cuyos méritos son atribuibles a nuestros esfuerzos y nuestras desgracias a los demás. Nos olvidamos que, a raíz de nuestras vivencias, experiencias, personalidad y otros factores, todos somos distintos en nuestra forma de percibir la realidad.

Todos contamos con elementos mentales que condicionan o influyen sobre las ideas nuevas que generamos. Los prejuicios son el resultado de nuestras experiencias pasadas. Están formados por sentencias sencillas que muchas veces condicionan u obstaculizan la posibilidad de juicios más honestos. Al día, recibimos mucha información pero hay una tendencia a dar más crédito o prestar más atención a aquello que confirma nuestras suposiciones, ideas preconcebidas o hipótesis, independientemente de que éstas sean verdaderas o no. 

El egoísmo es una visión que valida los prejuicios. La intransigencia de nuestros pensamientos o ideas, en detrimento de los demás, nos puede llevar a firmar por otros, lo que es de uno. A la hora de realizar juicios, tener una apertura a la experiencia y ser prudentes nos permite un menor margen de error, siendo más factible cambiar el foco de atención a uno más plausible. 

Todos tenemos prejuicios, hacia grupos o individuos. Se considera que tienen tres componentes. Cuentan con un componente cognitivo, o sea los estereotipos, imágenes mentales que tenemos de los miembros de un grupo. Otro de los componentes es el afectivo, las emociones y sentimientos que se despiertan. El último componente es el conductual y está representado por la discriminación, en las conductas negativas hacia el colectivo sobre el que se tienen prejuicios.

Los prejuicios tienen dos caras, aunque por lo general, solo percibimos una. Es común que al pensar en este término, lo relacionemos con la discriminación, la generalización y las ideas más desfavorables acerca de una persona o colectivos. Sin embargo, también encontramos prejuicios positivos. Estos nos hacen pensar que la persona a quien los atribuimos necesariamente se caracterizará por aquello que esperamos.

En todas sus formas, los prejuicios limitan y encierran a una persona en un patrón socialmente preestablecido. Los prejuicios negativos nos hacen más daño porque se relacionan con la exclusión y la discriminación, pero los que son “positivos” también juegan un rol nocivo al crear ideales y presiones de lo que se debería ser o tener por poseer una determinada característica. “El prejuicio es una carga que confunde el pasado, amenaza el futuro y hace inaccesible el presente” decía Maya Angelou.

“A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado. Un poco fastidiada, compra una revista, un paquete de galletitas y una lata de gaseosa. Se sienta en uno de los bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una, comienza a comerla despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente. Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.

La señora toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. "No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

-¡Gracias!, dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.

-De nada, contesta el joven sonriendo mientras come su mitad.

El tren llega. Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube. Al arrancar, ve al muchacho todavía sentado y piensa: -Insolente.

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas... ¡Intacto!”

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