Hay mentes cuadradas que luchan para que nada cambie, para que toda estructura no pierda ni un ápice de esa pátina de óxido caduco. Otros, en cambio, no temen los cambios: los esperan con la madurez de quienes saben que nada de lo que llega se queda, y nada de lo que se va se pierde del todo. A veces, preferimos habitar en zonas conocidas independientemente de si nos hacen felices o no. Porque cruzar la frontera de lo conocido es adentrarnos en lo planetario del miedo.

Nos asusta madurar, cumplir años. Un cambio siempre implica un desprendimiento de algo, no hay duda, y eso provoca miedo. No obstante, nada se deja ir del todo porque lo que hacemos es transformarnos. Ampliamos áreas de actuación y ensanchamos nuestros senderos interiores para dar espacio a mucha más sabiduría. Porque con los cambios se crece, porque una crisis no es más que una oportunidad ante la cual, ser más receptivos.

Se puede obtener mucho a través de la constancia y de dar pequeños pasos en la dirección correcta. A veces tenemos claro que queremos hacer un cambio en nuestra vida, pero con el día a día queda en el olvido, y volvemos a estar como siempre, sin cambiar realmente. Tal vez el problema es que veamos el cambio como algo lejano y difícil de realizar. Nada más lejos de la realidad, pues pequeños cambios marcan grandes diferencias. 

No queremos tener miedo a los cambios que nos traiga la vida, queremos respirar, queremos confiar y asumirlos sin resistencia para evitar el sufrimiento. Sin embargo nuestra existencia nunca cambiará si nosotros no cambiamos: el engranaje que pone en marcha la magia de la existencia, está siempre dentro de nosotros.

Nuestra existencia está llena de inesperados cambios de sentido, de insuperables felicidades y alguna tragedia inevitable. Muchos eventos vitales, como pérdidas, fracasos, decepciones, enfermedades, triunfos, amores y hasta súbitos descubrimientos, pueden cambiarnos de algún modo, pero nunca de manera radical. En realidad, más que cambiar, asumimos nuevos aprendizajes.

Sin embargo, hay evidencias científicas de que las personas cambiamos. Nadie es inmutable, no somos seres programados de antemano como quien diseña un algoritmo o esculturas que resisten al paso de los siglos y los elementos. “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo” decía León Tolstoi. Los pequeños cambios en nuestra forma de ser, a veces, nos permiten afrontar mejor los desafíos para alcanzar la realización, el equilibrio y la satisfacción existencial. 

¿Pueden los eventos de la vida cambiar nuestra personalidad? Es muy difícil que el carácter varíe por completo, pero lo que sí cambia son nuestras cualidades “intermedias”, esas que se encuentran justo debajo de la superficie de los rasgos generales. Puede cambiar nuestro sistema de creencias, aspectos a los que antes dábamos veracidad o que orientaban nuestras actitudes y que, ahora, pueden reformularse por completo. Pueden variar también las percepciones que tenemos sobre nosotros mismos y los demás; se reformulan nuestras metas, propósitos, significados vitales y propósitos. Ante cada experiencia determinante, uno tiene la oportunidad de adquirir nuevas cualidades y perspectivas. Esto nos permite madurar. 

Las personas estamos en constante evolución y transformación. Alcanzar la plenitud implica tener que caer más de una vez, aprender de los errores, superar más de un problema… El proceso de convertirse en persona es un viaje que suele durar toda una vida. “La buena vida es un proceso, no un estado de ser. Es una dirección, no un destino”, decía Carl Rogers. Convertirse en persona significa aceptar que no somos entidades estáticas, sino ríos que fluyen y que están en constante cambio. Somos una maravillosa constelación de potencialidades que podemos desarrollar en diferentes fases de nuestra vida. Por ello, el crecimiento nunca deja de detenerse en nosotros, forma parte de nuestra naturaleza, de nuestra razón de ser. Convertirse en persona es estar motivado para el cambio.

Los cambios difíciles exigen una gran inversión de esfuerzos que, por lo general, no se ven compensados a corto plazo. Los cambios difíciles son también los que por norma se postergan de manera indefinida. Nos apetece el resultado, pero poco o nada el camino. Por eso la simplicidad es una fuerza muy poderosa. Son los pequeños cambios los que lo cambian todo y muestran maravillas.

“Un buen día la alcaldía le encargó, a un gran artista de la ciudad, un gran caballo para una de las plazas. Un camión trajo al taller el bloque gigante de granito. El escultor empezó a trabajarlo, subió a una escalera, a pequeños golpes de martillo y cincel, fue quitando pequeños trozos del material. Los niños lo miraban hacer.

Entonces los niños partieron de vacaciones, rumbo a las montañas o al mar. Cuando regresaron, el escultor les mostró el caballo terminado. Y uno de los niños, con ojos muy abiertos, le preguntó: -Pero... ¿cómo sabías que dentro de aquella piedra había un caballo?"