En el mundo hay 7,9 billones de personas. Cada una tiene su carácter, su historia de vida, sus grandezas y sus defectos. Hay figuras públicas que inspiran a los demás, pero también hay millones de otras que lo hacen de manera anónima, discreta… Sobre gustos no hay nada escrito, y tampoco sobre afinidad. Quien para nosotros es una persona maravillosa, inteligente y divertida puede no suscitar ningún tipo de interés en otros, e incluso generar rechazo. Sin embargo, hay quienes logran conectar y conquistar a los demás (al menos a la mayoría) desde el primer instante y sin ningún esfuerzo. 

Indudablemente, estas personas poseen carisma y tienen un alto nivel de habilidades sociales. Son abiertas y extrovertidas. Sonríen con frecuencia (y de forma genuina), adoptan una postura relajada y cercana y muestran interés en su interlocutor. No se quejan, no critican ni reclaman; por el contrario, se centran naturalmente en los aspectos positivos de cada situación, son flexibles y optimistas. Con esta actitud logran despertar emociones positivas en las personas con las que se relacionan, quienes terminan asociando su compañía a la tranquilidad, la felicidad y la comodidad.

Las personas que le caen bien a todo el mundo confían en sí mismas y se saben valiosas, pero son a la vez sencillas y humildes. Reciben con agrado y gratitud los cumplidos, pero no presumen ni buscan hacer de menos al otro. Son auténticas y genuinas. Lo que hace a estas personas tan diferentes es su espontaneidad, su capacidad para mostrarse como son sin tratar de aparentar u ocultarse tras una máscara de perfección. 

Algunos las llaman “personas vitamina” porque son el polo opuesto a las tóxicas y a los vampiros emocionales. Son individuos que pasan por nuestro día y dejan una estela de buenas vibraciones, alegría y motivación. Una “persona vitamina” es aquella capaz de hacer que los demás brillen y se sientan mejor; ofrece una compañía adecuada en cualquier situación, ya sea en un mal momento o en una tarde llena de risas. 

Escuchan activamente. Nunca tratarán de quedar por encima de nadie. Solo intercederán para asegurarse de que comprenden correctamente lo que le cuentan. Son empáticas. Y éste es el eje central de su forma de interactuar con los demás: tienen facilidad para ponerse en el lugar del otro. Son, además, resolutivas. No buscan problemas, sino soluciones. 

Dejan un pequeño espacio para la queja y el desahogo, pero ayudan a ponerse en marcha para resolver aquello que perturba. Son optimistas, una actitud que empuja a ver el lado bueno de las cosas. Esta influencia no tiene como objetivo fomentar en nadie el conformismo, sino la motivación para recrear a los demás en los eventos positivos y ayudarlos con los negativos. ¿Ya pensaron en alguien?

Son también “personas apasionadas”: ven la vida como una fruta dulce que hay que exprimir al máximo. Nos inspiran y, a veces, hasta nos agotan, porque cuesta seguirles el ritmo. Decía Albert Einstein que él, en realidad, no tenía nada especial. Sólo era alguien apasionadamente curioso. 

Este rasgo es como la gasolina que enciende lo mejor del ser humano. Es el faro que lo guía en la consecución de los propósitos más elevados y es también esa virtud capaz de transformar el mundo. Al fin y al cabo, solo aquellos realmente apasionados por sus sueños y objetivos, cruzan fronteras que nadie se había atrevido antes a derribar. Son activos, proactivos, altamente curiosos, exploradores natos y amantes de la innovación.

El suyo es un optimismo saludable y con sentido. No ven la vida con un filtro de “todo está bien”, sino que realizan ese esfuerzo mental tan necesario para descubrir soluciones ante cada problema. Son esas presencias que siempre infunden esperanza, transmiten ilusión y ganas de superarse en cada circunstancia. 

Las personas que nos inspiran nos impulsan a la experimentación, a querer conquistar nuestras metas. Las personas realmente grandes nos hacen sentir que también nosotros podemos ser grandes. Ciertamente hay quienes poseen este carisma y estas apreciadas cualidades desde su infancia. Pero esto no significa que nosotros no podamos desarrollarlas. Sobre todo cuando las personas nos inspiran desde su propio ejemplo. 

“Una madre llevó a su hijo de seis años a casa de Mahatma Gandhi, y le suplicó: -Se lo ruego, dígale a mi hijo que no coma más azúcar, es diabético y arriesga su vida haciéndolo. A mí ya no me hace caso y sufro por él. Sé que a usted le hará caso, porque lo admira.

Gandhi reflexionó y dijo: -Lo siento señora. Ahora no puedo hacerlo. Traiga a su hijo dentro de quince días.

Sorprendida la mujer le dio las gracias y le prometió que haría lo que le había pedido. Quince días después, volvió con su hijo. Gandhi miró al muchacho a los ojos y, con autoridad, le dijo: -Chico, deja de comer azúcar. Te estás haciendo daño.

Agradecida, pero extrañada, la madre preguntó: -¿Por qué me pidió que lo trajera dos semanas después? Podría haberle dicho lo mismo el primer día.

Gandhi respondió: -Hace quince días, yo comía azúcar.”

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Lic. Aldo Godino

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