No nos agrada lo inesperado, nos asusta lo desconocido y nos descoloca todo lo que se salta nuestras previsiones. Nos hemos convertido, lamentablemente, en autómatas de la previsibilidad. Sin embargo, la incertidumbre no es un obstáculo, puede ser una fuente para la vida, el mejor camino para la inspiración y el autodescubrimiento.

Alguna vez nos hemos sentido “perdidos en la vida” y hemos experimentado miedo. Es que esto requiere estar abierto a la incertidumbre, a lo desconocido, a lo que queda fuera de lo predecible. Sólo ansiamos tenerlo todo bajo control. En realidad, procuramos que cada evento, decisión o cambio esté preparado de antemano. A veces, para reencontrarnos, vale la pena perdernos, abrir una puerta a lo inesperado.

Cuando nos sentimos perdidos estamos más aferrados que nunca al presente, al aquí y ahora. Es entonces cuando somos capaces de abrazar el misterio y la incertidumbre para descubrir lo que nos rodea, y entonces tomar nuevas decisiones y nuevos caminos. Solo cuando estamos perdidos empezamos a mirar el mundo desde otros ojos.

Todos hemos llegado a esos momentos en que, de pronto, nos detenemos para hacernos una pregunta muy concreta: ¿qué estoy haciendo con mi vida? No sabemos si continuar por el mismo camino o dejarlo todo y empezar de nuevo. Hay que mirar la vida con el asombro y la curiosidad del niño que ansía retar los límites que le imponen y saber también qué se esconde detrás de las puertas cerradas.

El arte de saber perderse implica atrevernos a ir más allá de los márgenes que nos contienen cada día y explorar lo desconocido. Abrazar lo extraño, escapar por un día del camino seguro para adentrarnos en lo imprevisto. En esos instantes, al sentirnos verdaderamente perdidos, se activa en nosotros el auténtico sentido de supervivencia.

La incertidumbre y la provisionalidad son realidades que siempre han formado parte de la condición humana, aunque no nos agrade. Somos criaturas alérgicas a lo incierto, a lo diferente. Sin embargo, estamos invitados a habitar en los márgenes del confort, porque es ahí donde acontece la auténtica vida y a menudo hallamos su sentido al reflexionar, al descubrirnos y expandir la mente. Porque mientras los demás prefieren posicionarse en el centro (y en lo previsible), sólo quien practica el arte de saber perderse, aprende a pensar por sí mismo.

Perderse es dejar de obsesionarnos en querer tenerlo todo bajo control para saber qué hay al otro lado de lo previsible. Implica ser capaces de abrirnos a lo incierto, lo novedoso, lo que estimula nuestra imaginación y nos permite tener nuevas perspectivas. A veces, en esos instantes en que no sabemos muy bien qué hacer con nuestra vida y nos asalta la sensación de estar perdidos, es cuando suceden las cosas más importantes. Vale la pena confiar en nuestros instintos y aventurarnos, convertirnos en exploradores de lo incierto. Porque quien nunca se ha perdido, aún no ha empezado a vivir.

A nuestro alrededor vemos personas sin sueños, sin esperanzas, estancadas en situaciones que no los hacen felices, que los agotan. Personas que se han rendido, que se reconocen en lo que son, pero no en lo que pueden llegar a ser porque ni siquiera han pensado en esa posibilidad o la han proyectado en otros. Son personas sin la valentía para reconocer que aún tienen poder para definir su futuro. Hablan de lo que consiguieron pero no de los proyectos que tienen en marcha. Han abandonado todo lo que un día las hizo soñar, por una vida convencional.

El presente puede ser nuestro mejor amigo o el más afilado de nuestros enemigos, las cadenas que nos atrapan o el trampolín que nos impulsa a saltar hacia delante para conseguir nuestros sueños. 

“El primer día en la universidad, nuestro profesor nos pidió que procuráramos llegar a conocer a alguien a quien no conociéramos todavía. Me puse de pie y miré a mi alrededor, cuando una mano me tocó suavemente el hombro. Me di la vuelta y me encontré con una viejita arrugada cuya sonrisa le alumbraba todo su ser.

-Hola, buen mozo. Me llamo Rose. Tengo ochenta y siete años. ¿Te puedo dar un abrazo?

Me reí y le contesté con entusiasmo: -¡Claro que puede!. Ella me dio un abrazo muy fuerte.

Le pregunté qué la había motivado a afrontar ese desafío a su edad.

-Siempre soñé con tener una educación universitaria y ahora, simplemente la voy a tener, me dijo.

Nos hicimos amigos enseguida. Durante ese año Rose se hizo muy popular en la universidad. Al terminar el semestre, la invitamos a hablar en nuestro banquete de fútbol. Se inclinó sobre el micrófono y dijo: -Permítanme simplemente decirles lo que sé. Tenemos que tener un ideal. Cuando perdemos de vista nuestro ideal, comenzamos a morir. ¡Hay tantas personas caminando por ahí que están muertas y ni siquiera lo saben!

Una semana después de la graduación, Rose murió tranquilamente mientras dormía. Más de dos mil estudiantes universitarios asistieron a las honras fúnebres para rendir tributo a la maravillosa mujer que nos enseñó con su ejemplo, que nunca es demasiado tarde para llegar a ser todo lo que se puede ser.”

Más notas de

Lic. Aldo Godino

Pequeños cambios, grandes transformaciones

Pequeños cambios, grandes transformaciones

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

El "canto de las sirenas" y el autocontrol

Elogio a la fragilidad

Elogio a la fragilidad

Hay personas que no valen la pena sino la alegría

Hay personas que no valen la pena sino la alegría

El sufrimiento de no querer sufrir

El sufrimiento de no querer sufrir

Deshacer el nudo de las emociones

Deshacer el nudo de las emociones

Cuando cuenta más la calidad que la cantidad

Cuando cuenta más la calidad que la cantidad

Pensamiento equilibrado y abierto: una fortaleza desde adentro

Pensamiento equilibrado y abierto: una fortaleza desde adentro

Ghosting: el famoso "borrarse" sin aviso

Ghosting: el famoso "borrarse" sin aviso

Personas apasionadas e inspiradoras

Albert Einstein decía que él, en realidad, no tenía nada especial. Sólo era alguien apasionadamente curioso.