Aunque parezca imposible, la mente puede enfermarnos. Los trastornos psicosomáticos son la prueba del impacto que la mente llega a tener sobre nuestro cuerpo. En ellos, se evidencia una serie de síntomas físicos reales relacionados con enfermedades invisibles; con afecciones que no existen orgánicamente, pero que son el resultado de conflictos mentales o de problemas no resueltos que nos devoran por dentro. Nuestro cuerpo nos está diciendo que algo no va bien dentro de nosotros y que no lo estamos viendo. 

Muchos casos suceden cada día, en todo el mundo y a cada momento. Dar credibilidad al sufrimiento de estas personas es esencial: pensamientos suicidas durante una depresión, visiones y alucinaciones en una persona con esquizofrenia. Esa realidad existe dentro de su mente y puede llegar a ser devastadora. Cuando nuestra mente toma el control, traumatizada o supeditada a un estado de ansiedad muy convua plso, todo puede ser posible.

En el trastorno psicosomático todas las dolencias y limitaciones que sufre lersona se deben en exclusiva a sus procesos mentales: un espectro de trastornos físicos asociados con el estrés mental. Hay personas más susceptibles a la hora de sufrir este tipo de trastornos; pacientes que viven con mucha ansiedad o que tuvieron una infancia traumática suelen ser más propensos.

Hay un hecho importante: un médico le explica a su paciente que eso que sufre no es real, que ese dolor en el pecho no es un infarto, que la pérdida de su voz no se debe a un problema de las cuerdas vocales ni su terrible migraña a un tumor. Pero… ¿cómo ayudarle a sanar eso “que sí tiene” y que se origina en su mente?

Los trastornos psicosomáticos pueden afectar a cualquier órgano, sistema, tejido o estructura; no debemos minusvalorar el poder de nuestra psique. Ejemplos clásicos son las dermopatías, las taquicardias, los trastornos del sistema digestivo, los dolores de cabeza… Lo más importante es afrontar el auténtico problema de base, a saber, el universo psicológico y esa tensión mental no resuelta que se somatiza con mayor o menor gravedad en el cuerpo. Ese “notar algo”, esa sensación vaga y a veces imperceptible, viene de nuestro físico.

El cuerpo habla, susurra, grita… Se expresa como puede, o como lo dejamos. Estar atentos a lo que nos dice siempre es una buena idea, ya que nuestra mente recibe del cuerpo toda la información que captan nuestros sentidos. Así, a través de él estamos conectados con el exterior. Hay que estar muy atentos a lo que nos dice, porque en muchas ocasiones es la única pista verdadera y auténtica que tenemos para resolver una situación. De esta manera, oír con atención a nuestro cuerpo es escuchar a una buena parte de la esencia que nos conforma como personas únicas y diferentes.

Sensación de opresión en la garganta, nudo en el estómago, acné repentino, desórdenes menstruales en mujeres, hipertensión, taquicardia, cefaleas… El cuerpo pide ayuda. De hecho las personas más proclives a padecer trastornos psicosomáticos suelen tener también dificultades en su vida para expresar sus emociones y, por extensión, para afrontar los problemas derivados de la mala gestión de estas. 

Muchos piensan en la problemática psicosomática como si fuese una simulación. No son conscientes de que “el cerebro puede enfermarnos”; no son enfermedades falsas. Lo que ocurre es que sus síntomas se desencadenan por razones mentales. Quien padece un dolor físico no es consciente de que no obedece a una razón física, sino a una condición psíquica. Parece que somos bastante menos hábiles a la hora de identificar síntomas emocionales, en cambio sí lo somos camuflándolos o derivándolos. La persona que padece un trastorno de somatización sufre realmente. Su malestar es auténtico, se explique o no médicamente.

Muchos de los síntomas de nuestro cuerpo derivan de una falta de bienestar psicológico. Tal vez nuestro cuerpo esté reflejando aquello que no logramos identificar y solucionar a nivel mental. Las manifestaciones físicas aparecen cuando la tensión interna sobrepasa nuestra capacidad para enfrentarla. De esta forma, la alteración emocional se proyecta en el exterior, en el cuerpo, y termina disfrazando lo más importante de la situación: el malestar psíquico, origen del problema.

"Muchas veces...el resfrío "chorrea" cuando el cuerpo no llora. El dolor de garganta "tapona" cuando no es posible comunicar las aflicciones. El estómago arde cuando las rabias no consiguen salir. La diabetes invade cuando la soledad duele. El cuerpo engorda cuando la insatisfacción aprieta. El dolor de cabeza deprime cuando las dudas aumentan. El corazón se afloja cuando el sentido de la vida parece terminar. La alergia aparece cuando el perfeccionismo es intolerable. Las uñas se quiebran cuando las defensas están amenazadas. El pecho aprieta cuando el orgullo esclaviza. La presión sube cuando el miedo aprisiona. Las neurosis paralizan cuando el niño interior tiraniza. La fiebre calienta cuando las defensas explotan las fronteras de la inmunidad. Las rodillas duelen cuando tu orgullo no se doblega. El cuerpo grita ...lo que la boca calla."

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